Mientras el tablero del 29-N se llena de coaliciones, debates y eslóganes, la CUP ha metido el freno. No con un portazo teatral: con un diagnóstico seco. Su Mesa Nacional —el máximo órgano entre asambleas— ha decidido este sábado en Barcelona que no impulsará candidatura a las elecciones generales porque, dice el comunicado, «actualmente no se dan las condiciones políticas» para hacerlo.

Ojo al matiz, que aquí importa: la decisión de la dirección no es todavía la última palabra. Las bases la tienen que ratificar en una votación telemática que arranca el domingo a las 7:00 y dura 24 horas. El lunes 12, en rueda de prensa, los portavoces dirán si la militancia avala el repliegue o fuerza un giro de última hora.

No es capricho: es memoria de 2023

Quien haya seguido a la CUP sabe que el Congreso no es su hábitat natural. Solo tuvo escaños en una legislatura: noviembre de 2019, con dos diputados. En julio de 2023 se quedó fuera. Según el relato que recoge Público, en Barcelona se quedó en el 2,52%, por debajo del umbral del 3% que abre la puerta a escaño. Hace falta mucho más que buena fe para volver a meter la cabeza en la Cámara.

El adelanto de Pedro Sánchez ha comprimido calendarios y ha pillado a la formación en mitad de otra pelea: la de refundarse —el llamado procés de garbí— y preparar las municipales de mayo. No es lo mismo montar una lista estatal a contrarreloj que sostener el tejido local, que es donde la CUP históricamente respira. La portavoz Su Moreno ya había avisado a principios de semana de que estaban «analizando de forma constante la coyuntura». Hoy la coyuntura les ha dicho: no.

El vacío también es política

Habrá quien lea la renuncia como rendición. Desde la izquierda independentista el cálculo es otro: no regalar esfuerzo a una campaña diseñada a medida de bloques grandes, con un Frente Amplio en ebullición y un PSOE que empuja la suma al Senado. Si no hay condiciones —estructura, mensaje, tiempo, umbral realista—, presentarse puede ser solo un decorado para que otros digan que «la izquierda extrema también estaba».

Eso no borra el coste. Cada vez que la CUP se queda fuera del Congreso, el hemiciclo pierde una voz que no negocia con el mismo diccionario que ERC o el PSC. Y el mapa del 29-N se simplifica un poco más hacia el centro del tablero catalán. La pregunta para la militancia no es si «hay que estar» por estar: es si estar sin fuerza sirve a algo más que a la foto.

Lo que sí está cerrado (y lo que no)

Cerrado, de momento: la dirección no quiere lista. Abierto: el veredicto de las bases y, si lo tumban, un sprint electoral casi imposible. Europa Press, El Periódico y Crónica Global coinciden en el esqueleto del anuncio; el detalle fino —quién empujó dentro, qué documentos barajaron las asambleas territoriales— lo sabremos, si lo sabemos, el lunes.

Para el lector de izquierdas fuera de Catalunya la lección es incómoda y útil a la vez: la polarización del 29-N no garantiza que toda la izquierda «se una». A veces, la opción más radical es no entrar en el ring con las manos vacías. Y dejar claro que sin condiciones políticas, no hay cheque en blanco.