Cincuenta y siete días después del salto masivo en Ceuta, el Gobierno ha descubierto el reloj. No el de las ruedas de prensa: el de los expedientes. Moncloa prepara un real decreto-ley para acelerar las devoluciones a Marruecos de quienes siguen en la ciudad autónoma. Interior empuja. Varios ministerios discuten la letra. Y el martes del Consejo de Ministros aparece como fecha tentadora, no como BOE sellado.

La idea central, según El País y confirmaciones de la SER, es tosca y política a la vez: mientras una solicitud de asilo está viva —o mientras su rechazo se puede recurrir— hay garantías que frenan el retorno. En Ceuta eso se ha convertido en tapón. El borrador quiere recortar plazos administrativos y judiciales para las peticiones registradas desde el 30 de julio y, en la práctica, impedir que la protección internacional se use como parking indefinido.

Ángel Víctor Torres habla de más de 10.000 personas aún en la ciudad; otras estimaciones oficiales y locales oscilan al alza. No es un censo de laboratorio: es una ciudad reventada de capacidad. Marlaska ha repetido la estadística que incomoda a los guionistas del “todos son refugiados”: en torno al 1% de aprobaciones de protección para ciudadanos marroquíes. Hasta el 22 de septiembre, 2.546 adultos habían pasado por triaje. Desde el 10 de agosto, Torres cifra más de 7.000 regresos a Marruecos —la inmensa mayoría voluntarios, unos pocos por expulsión—. El decreto busca la fase siguiente: que el papeleo deje de ganar a la frontera.

El texto en elaboración, siempre según filtraciones periodísticas, toca nervios sensibles. Eliminar el filtro previo de la Comisión Interministerial de Asilo y Refugio (CIAR) en determinados expedientes. Fijar cinco días naturales para recurrir ciertas denegaciones y pedir preferencia judicial. Y, mientras dure la situación de interés para la seguridad nacional declarada el 25 de agosto, recortar la protección que bloquea devoluciones a perfiles concretos: nacionales de países seguros de la UE —Marruecos entre ellos—, solicitudes sucesivas o quienes se consideren amenaza para el orden público. En algunos supuestos, el expediente de asilo podría seguir estudiándose aunque la persona ya hubiera sido devuelta. Eso no es un detalle menor: es el punto que concentrará el choque jurídico.

Hay otra pieza aún en disputa y especialmente inflamable: que abandonar los centros de acogida pueda archivar la solicitud y abrir la vía de expulsión. Con investigaciones abiertas sobre condiciones en algunas instalaciones, el Gobierno juega con fuego si confunde disciplina administrativa con castigo por huir de un colchón malo. De momento, ni siquiera está cerrado.

La derecha no necesita romanticismo fronterizo para leer el movimiento. Dos meses de presión social, de Ceuta pidiendo aire y de oposición clavando el relato de desgobierno han empujado a Moncloa a hacer lo que negaba con eufemismos: admitir que el procedimiento ordinario no aguanta una crisis de esta escala. Óscar López lo resumió en clave de “devolver la humanidad a Ceuta” y acelerar retornos. Traducción menos poética: sin salidas legales rápidas, la ciudad se queda como depósito.

Advertencia factual, porque aquí se miente fácil: el decreto no está aprobado. Puede cambiar antes del martes. Puede retrasarse si el encaje constitucional se atasca —el asilo no es un adorno; tiene garantías y el decreto-ley tiene límites—. Tendrá que convalidarse en el Congreso en treinta días. Los menores van por otro carril: no hay devolución automática; toca reagrupación, audiencia y expediente individual. Quien venda “limpia total el martes” está haciendo campaña, no crónica.

Pero el sentido político del borrador es legible. Después de declarar la seguridad nacional y mover recursos, el Ejecutivo intenta la segunda palanca: que pedir asilo no equivalga a meses de bloqueo cuando la tasa de reconocimiento es residual y Marruecos ya está recibiendo retornos. Para la mesa de la derecha, eso es lo mínimo que un Estado hace cuando una frontera se le ha ido de las manos. Para los tribunales y las ONG será campo de batalla. Para Ceuta, la pregunta sigue siendo la de siempre: cuántos expedientes se resuelven de verdad y cuántos titulares se quedan en el Consejo de Ministros.