El PP ya ha hecho el primer gran acto de precampaña del 29-N y ha elegido el escenario que mejor domina: Madrid, Ifema, Ayuso, Almeida y el relato de la gestión frente al relato moral del Gobierno. Alberto Núñez Feijóo soltó la frase que quería titular: «No vengo de las saunas ni de las cloacas. Vengo de la gestión». Suena a eslogan. Es, sobre todo, una apuesta de marco: convertir la legislatura en un juicio sumarísimo sobre el estilo de poder de Pedro Sánchez y ofrecer “cambio total, sereno pero contundente” sin entrar todavía en la letra pequeña de con quién se gobierna el día después.
Qué ha marcado las últimas horas (lectura conservadora). El acto no fue un trámite. Hubo expresidentes, barones y el intento explícito de soldar movilización propia con votante decepcionado. Feijóo prometió orden, seguridad, prosperidad y “reconstrucción nacional”; dijo que pondrá el deber por delante del interés y que no dividirá el país entre “los míos y mis enemigos”. En paralelo, Isabel Díaz Ayuso subió la temperatura sobre la acampada de la Puerta del Sol: exigió al delegado del Gobierno aclaraciones sobre si un grupo con antecedentes terroristas propalestinos estaría gestionando o infiltrando el campamento, citando el marco de sanciones de EE.UU. y Canadá sobre redes como Samidoun y denunciando “desorden y caos” sin Estado de derecho bajo las tiendas. La Comunidad ya ha pedido el desalojo en los juzgados. Son dos frentes del mismo fin de semana: credencial de gobierno en el pabellón y orden público en la plaza.
El dato de opinión que la derecha no debería malinterpretar llegó por laSexta/Invymark: la vivienda lidera la preocupación de voto (40%), por delante de economía (22,2%) e inmigración (19,9%). Entre votantes del PP la agenda se reparte más —con la corrupción muy alta— y en Vox la inmigración domina. El 55,8% cree que España necesita cambio de Gobierno. O sea: hay viento de ciclo, pero el electorado no ha firmado un cheque en blanco ideológico. Quien gane sin propuesta habitable de vivienda y sin explicación seria de coalición heredará una calle caliente y un Senado que no basta para gobernar el recibo de la luz ni el del alquiler.
Opinión del día. Feijóo ha acertado el contraste de carácter. “Gestión contra cloacas” es un marco potente porque habla el idioma de una clase media harta de excepciones, indultos simbólicos y normalización del atrincheramiento. Pero un marco no es un programa. La precampaña conservadora comete un error clásico cuando cree que el hartazgo basta: el hartazgo abre la puerta; no amuebla Moncloa. Si el PP llega a noviembre sin decir cómo se construye más oferta de vivienda, qué se hace con licencias, suelo e incentivos, y qué parte del peaje de Vox se acepta o se rechaza, estará pidiendo un mandato emocional sobre una crisis material. Eso se vuelve en contra a los seis meses.
Ayuso, a su modo, ha puesto el dedo en otra herida real: el Estado no puede mirar para otro lado cuando una plaza central se convierte en zona opaca de poder paralelo. Dar por buena cualquier ocupación indefinida porque el lema sea “vivienda” no es sensibilidad social; es dejación. Ahora bien, la derecha seria debe separar tres capas con bisturí, no con machete: (1) el drama habitacional y muertes como la de Maricarmen, que existen y no se borran a gritos; (2) el derecho de protesta; (3) la eventual infiltración o captura de una movilización por redes sancionadas en otros países. Mezclar las tres en un solo insulto (“todo es terrorismo”) es tan vago como el relato contrario (“toda crítica es criminalizar la pobreza”). La exigencia correcta a Delegación del Gobierno es factual y policial: quién organiza, quién controla accesos, qué delitos hay, qué se tolera y por qué. Sin eso, el aviso de Ayuso es presión legítima de oposición; no todavía prueba cerrada. Sin respuesta del Estado, la presión se convierte en argumento de campaña imbatible.
Feijóo dice que viene de cuadrar presupuestos y sostener servicios públicos. Perfecto: entonces que empiece a cuadrar el relato de coalición. El electorado de centro-derecha quiere cambio; una parte sustancial no quiere un vuelco de prioridades nacionales dictado por el socio. Otra parte sí quiere mano dura migratoria y desregulación gruesa. Pretender que esas dos almas se disuelven con la palabra “sereno” es autoengaño. La honestidad táctica —la que ayer pedíamos al PP respecto al precio de Vox— sigue siendo el test de Estado: o hay líneas rojas públicas, o habrá cesiones privadas.
Qué debe pasar esta semana en clave conservadora.
- Bajar “saunas y cloacas” del eslogan al pliego: regeneración medible (asesores, aforamientos, independencia institucional) sin convertir la campaña en solo ajusticiamiento moral.
- Presentar un paquete de vivienda de oferta —suelo, licencias, fiscalidad, colaboración público-privada— que compita con el decreto-relato del Gobierno, no solo lo insulta.
- Mantener la presión sobre el orden en Sol con hechos verificables, y no dejar que el debate habitacional quede monopolizado por quien tumba medidas y luego señala la tienda de campaña ajena.
El 29-N puede dar al PP la llave de Moncloa. La pregunta de esta mesa no es si Feijóo “parece presidente” en Ifema: ya lo ensaya. La pregunta es si la derecha llega a la cita con un proyecto de país o con un casting de agravios. Gestión es presentar números, cronogramas y socios. Cloaca es gobernar a base de excepción. Campaña vacía es lo intermedio: ganar el marco y perder la legislatura en la letra pequeña.
Diario de precampaña, día dos. Tesis de esta mesa: el PP ya tiene eslogan de carácter; le falta presupuesto de coalición y de vivienda antes de que el ciclo le pida facturas.
