A menos de siete semanas del 29-N, la izquierda a la izquierda del PSOE acaba de hacerse un lío de manual. Podemos ha anunciado que contribuirá a la candidatura de ERC en Cataluña: no peleará el voto en solitario en las cuatro provincias catalanas y respaldará la papeleta que encabeza Gabriel Rufián. A cambio, el portavoz republicano hará campaña en tándem con Irene Montero fuera de Cataluña. No es un guiño simbólico. Es un rediseño del tablero en plena precampaña.

El movimiento llega cuando el reloj aprieta. El plazo para inscribir coaliciones cierra el 16 de octubre y los órganos de ERC aún tienen que ratificar candidaturas —la Ejecutiva republicana se cita en torno al 20 de octubre—. Mientras tanto, el llamado Frente Amplio (Más Madrid, IU, Movimiento Sumar y los Comunes) intentaba arrinconar a los morados y atraer a Rufián a su plataforma. El eje Montero-Rufián corta esa vía por la mitad.

En el comunicado, Podemos lo vende con una frase de manual de resistencia: frente al «reaccionarismo del Estado» hay que «fortalecer a las izquierdas nacionales», y sitúa a ERC como referente legítimo de ese espacio en Cataluña. Traducción práctica: en Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona la papeleta morada en solitario se apaga; el voto se empuja hacia la lista republicana, con posibilidad de incorporar perfiles de Podemos como independientes o bajo una marca conjunta todavía en discusión (ERC-Podem o ERC con independientes).

Para Irene Montero el pacto es oxígeno. Rompe el aislamiento al que le empujaban el resto de socios progresistas y se agarra al tirón de Rufián en Cataluña. Para Rufián, es la condición que llevaba semanas imponiendo a la dirección de Oriol Junqueras para repetir como cabeza de cartel: no ir de pagafantas del Frente Amplio y sí abrir una vía propia con los morados. El domingo ya se confirmó que liderará la lista; el lunes se selló el encaje con Podemos.

El contragolpe es inmediato en el espacio de Ada Colau. Los Comunes se declaran «decepcionados» y recuerdan que en 2023 fueron segunda fuerza en Cataluña por delante de ERC. Su mensaje es duro: Rufián «venía a unificar las izquierdas y está haciendo todo lo posible para dividirlas». No es solo orgullo herido. Sin monopolizar el referente de la izquierda no independentista en Cataluña, el Frente Amplio pierde el relato de unidad con el que quería negociar listas y escaños.

En Madrid el efecto rebote también duele. Más Madrid había movido ficha con una lista de integración (Emilio Delgado al frente, Mónica García de número dos) y huecos para Podemos si aceptaba sumarse. El eje ERC-Podemos complica ese encaje: los morados siguen exigiendo primarias abiertas y ya no llegan de rodillas a la mesa. Si la unidad a la izquierda del PSOE era el plan A para frenar una mayoría de la derecha, el plan B acaba de volverse el plan A de Montero y Rufián.

¿Suma escaños o resta por división? Nadie tiene la bola de cristal. Lo que sí hay es un hecho político crudo: a dos meses del 29-N, la izquierda no discute solo el programa de vivienda o el SMI. Discute quién manda en las listas, quién cede Cataluña y quién hace campaña en Madrid. Y mientras esa pelea se resuelve en comunicados, el reloj electoral no para.

La lectura progresista no debería esconder la contradicción. Si el objetivo es frenar a PP y Vox, fragmentar el espacio a la izquierda del PSOE es un lujo caro. Pero también es cierto que un «Frente Amplio» que intenta liquidar a Podemos como convidado de piedra no es unidad: es absorción. El pacto con ERC devuelve a los morados capacidad de chantaje electoral justo cuando más les hacía falta. Eso no garantiza mejores políticas. Garantiza que nadie podrá dar por muerto a Podemos en la foto del 29-N sin mirar a Cataluña.