Alberto Núñez Feijóo no ha esperado a que cierren los colegios el 29 de noviembre para dejar clara la hoja de ruta. En una entrevista en El Periódico recogida este domingo por El País, el candidato del PP sostiene que un Gobierno con Vox «puede funcionar» y que, de hecho, ya funciona en cuatro comunidades autónomas. No hay misterio ni metáfora: la coalición con la extrema derecha deja de ser un fantasma de campaña y se presenta como experiencia de gestión.

El mensaje llega el mismo día en que Feijóo protagoniza el primer gran acto de precampaña del PP en Cataluña, un mitin en el Palau de Barcelona con Alejandro Fernández y con Xavier García Albiol, flamante cabeza de lista por la provincia de Barcelona. Albiol, alcalde de la capital catalana, compatibilizará el escaño en el Congreso con el bastón de mando municipal. El PP quiere recuperar el «motor catalán» que, según Feijóo, España no puede permitirse tener apagado. La foto es de unidad territorial; la letra pequeña, de normalización con Abascal.

Ni cordón umbilical ni cordón sanitario

Feijóo se aferra al documento marco que ya envió a los barones que negociaban con Vox en las comunidades. Ese papel, dice, sigue vigente. Fuera de él, no hay conversación. Y remata con una frase que borra años de equidistancias de escaparate: «Ni cordón umbilical ni cordón sanitario». Vox, recuerda, es la tercera fuerza. Tratarla como un virus a aislar ya no forma parte del guion de Génova.

¿Y las líneas rojas? Aquí llega el truco de prestidigitación electoral. Preguntado por los límites con el partido de Santiago Abascal, Feijóo aplaza la respuesta: el 29 de noviembre se decide quién es presidente; si él lo es, entonces concretará. Es decir: primero los votos, después el contrato. La ciudadanía vota a ciegas el menú completo; la letra de la coalición se escribe con el recuento encima de la mesa.

No es un desliz aislado. El País describe estos días a un PP obsesionado con no repetir los errores de 2023, cuando la movilización progresista —y el miedo a Vox en grandes ciudades y en Cataluña— le dejó la victoria a medio gas. Génova ha estudiado aquel batacazo en un documento interno. Quiere barones en la carretera, debates a los que sí acuda Feijóo y menos sustos con las pensiones. Pero la gran corrección estratégica es otra: dejar de fingir que Vox es un accidente. Mejor presentarlo como socio ya rodado en las autonomías.

Cataluña sin 155 y con página pasada

En el guion catalán, Feijóo insiste en «pasar página» del procés y de la amnistía —que sigue tildando de error de Sánchez por «comprar» la investidura con el Código Penal— y desplaza el foco a Rodalies, la ampliación del aeropuerto de Barcelona y el coste de la vida. Quiere una Cataluña que compita con Madrid y Andalucía por liderar el país, no un eterno campo de batalla identitario. Suena a pragmatismo. También suena a no reactivar el fantasma que en 2023 empujó voto útil hacia el PSOE cuando Abascal hablaba de un 155 endurecido.

Mientras tanto, en el Senado se cuece otra pieza del mismo puzle. Con el Senado de Progreso (PSOE y socios de izquierda en decenas de provincias) ya registrado, Abascal ha hablado de «altura de miras» y de hacer «lo necesario» para que un hipotético Ejecutivo PP-Vox no dependa de Sánchez. Vox estudia no presentar candidatura al Senado allí donde no tenga opciones reales, para no regalar escaños a la izquierda. No hay coalición formal —el reloj de las coaliciones cerró el viernes—, pero el plazo de listas (21-26 de octubre) permite maniobras de última hora. Sería, de consumarse, la primera alianza preelectoral explícita entre derecha y ultraderecha en esta carrera al 29-N.

Qué se juega el electorado progresista

La lectura desde la izquierda no necesita adornos. Si Feijóo dice en voz alta que gobernar con Vox «puede funcionar», el debate ya no es si habrá roce o fricción táctica: es qué políticas saldrán de esa mesa en inmigración, derechos, instituciones y veto territorial. Aplazar las líneas rojas al día después del recuento es pedir un cheque en blanco. El PP quiere el cambio sin enseñar del todo la factura de la coalición.

Cataluña, otra vez, será termómetro. El PP llega con Albiol de ariete y con un Feijóo que habla de motor económico y de pasar página. La pregunta para el electorado que en 2023 frenó a la derecha no es si Génova ha aprendido de sus errores de campaña. Es si está dispuesta a normalizar, otra vez, que la llave de la Moncloa pase por Abascal… esta vez sin el disimulo del cordón sanitario.