Hay una forma muy española de celebrar una victoria económica: subir al estrado, enseñar el PIB y fingir que el ticket de la compra también aplaude. El Fondo Monetario Internacional acaba de recordarnos, en su panorama de esta semana desde Bangkok, que se puede ser la locomotora del euro y, al mismo tiempo, el alumno que suspende el examen del bolsillo.

La cifra que Moncloa preferirá enmarcar: el FMI eleva el crecimiento de España en 2026 al 2,5% —cuatro décimas más que en julio— y mantiene el 1,8% para 2027. Seguimos por encima de la zona euro (~1,1% este año) y, en el relato del organismo, entre las grandes economías del bloque que mejor aguantan. Hasta aquí, el PowerPoint.

La cifra que el votante nota sin necesidad de asamblea en Tailandia: la inflación media española de 2026 se va al 3,7%, siete décimas por encima del pronóstico anterior, antes de moderarse al 2,7% en 2027. En la eurozona, el FMI sitúa el alza de precios en torno al 3,1% este año. Alemania se queda en el 2,7%, Francia en el 2,4%, Italia en el 3,3%. España, otra vez, por encima de sus socios comerciales de referencia.

Crecer más y perder competitividad

Expansión lo resume sin poesía: una inflación más alta que la de tus vecinos mina la competitividad de las exportaciones. No hace falta ser el staff del FMI para entender la mecánica. Si tus precios suben más rápido que los alemanes o franceses, el “milagro” del PIB convive con un tejido productivo que compite cuesta arriba y con hogares que ven cómo el mismo sueldo compra menos.

El Fondo, además, no regala un cuento de hadas global. Habla de resiliencia en el primer semestre de 2026 pese a la guerra en Oriente Próximo y a las tensiones comerciales, de tirón de la inversión en inteligencia artificial… y de riesgos: energía, materias primas, tipos, deuda, márgenes que “no son ilimitados”. Traducción de metro: el mundo sigue caro e inestable, y España llega a ese temporal con un IPC doméstico más abultado que el club europeo al que tanto se mira el ombligo.

El 2,6% del Gobierno y el 3,7% del ticket

El FMI es, de hecho, un pelín menos optimista en actividad que el Banco de España, la OCDE o el propio Ejecutivo, que manejan crecimientos cercanos al 2,6%. Da igual el decimal de la disputa de salón. El mensaje político de cara al 29-N no es si España crece al 2,5 o al 2,6: es si la coalición saliente puede seguir vendiendo “Europa nos envidia” mientras el diferencial de precios con Alemania y Francia se come la renta real.

Porque el electorado no vota el WEO. Vota el alquiler, la cesta, la gasolina y la letra del préstamo cuando los tipos no bajan al ritmo del discurso. Un país puede liderar el ranking de PIB del euro y, a la vez, castigar al votante centrado en estabilidad de precios. Eso no lo inventa la oposición: lo deja por escrito el organismo que suele citar el Gobierno cuando le conviene.

Precampaña con dos carteles

Habrá quien intente meter el informe del FMI en una trinchera de campaña como si Kristalina Georgieva repartiera papeletas. No es el caso: el Fondo no pide el voto a nadie. Pero sí deja un marco incómodo para la narrativa oficial de locomotora sin matices. Crecimiento alto + inflación más alta que la de tus socios es exactamente el combo que permite decir “va bien el país” en Moncloa y “me va regular” en la cola del supermercado.

La derecha seria no debería caer en el negacionismo del dato de actividad: España crece, y el FMI lo confirma. La crítica útil es otra: de qué sirve liderar el pelotón europeo si el diferencial de precios erosiona salarios y competitividad. Quien gobierne después del 29-N heredará esa tensión —oferta, energía, productividad, vivienda como vector de IPC— tanto si viene de la izquierda como de un pacto a la derecha.

Mientras tanto, el titular honesto del día no es solo “el FMI mejora el PIB”. Es: te mejora el PIB y te encarece la vida prevista hasta el 3,7%. En precampaña, eso no es un matiz de economista. Es el terreno donde se deciden gobiernos.