En plena pelea del 29-N, ha pasado algo raro de verdad: Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo coinciden en un nombre. No es un pacto de investidura ni un guiño de campaña. Es la silla más cara de la economía europea: la presidencia del Banco Central Europeo.

El candidato es Pablo Hernández de Cos, exgobernador del Banco de España y actual director general del Banco de Pagos Internacionales (BIS/BPI). Sánchez ya lo había puesto sobre la mesa. Este jueves, en Bruselas, Feijóo se sumó en rueda de prensa tras la cumbre del PPE y lo dijo sin rodeos: es “la persona adecuada” y no ha visto “un mejor currículum”.

Por qué importa (y no es solo un currículum bonito)

El BCE no reparte eslóganes. Fija el precio del dinero, sostiene la credibilidad del euro y decide, en la práctica, cuánto cuesta una hipoteca o un crédito a una pyme cuando la inflación se mueve. Lagarde sigue en el cargo —su mandato llega, en calendario ordinario, hasta octubre de 2027—, pero el tablero se ha movido: ha dejado entrever una posible salida anticipada, el comité ejecutivo tiene huecos y en 2027 también rota el economista jefe. Europa negocia sillas en bloque. España quiere una.

Según el relato de El País y Europa Press, De Cos parte entre los favoritos junto al neerlandés Klaas Knot. El perfil español se lee como técnico, sin mochila de partido a la espalda: nombrado en el tramo final de Rajoy, convivió después con Sánchez en Moncloa. En el argot del BCE, su tono monetario se describe más cerca de las “palomas” (miran empleo y ciclo, no solo el 2% de inflación) que de los “halcones” de gatillo fácil con los tipos.

El consenso que la campaña no quería enseñar

Desde la mesa de izquierda la lectura no es romanticismo institucional. Es poder. Si solo respaldaba un Gobierno en desventaja en las encuestas, la candidatura olía a carta débil. Con Feijóo dentro, los socios del euro saben que el nombre aguanta el 29-N: gane quien gane La Moncloa, España no cambia de caballo a mitad de la carrera europea.

Eso no garantiza el nombramiento. Francia y otros capitales tienen sus fichas; Knot pesa; el reparto de vicepresidencias y economista jefe se cocina en pasillos. Pero sí cambia el mensaje: hay vida más allá del mitin. Mientras la precampaña quema cada titular, el Estado todavía puede alinear a los dos bloques grandes detrás de un economista con pasaporte español para el “premio gordo” del poder europeo.

Feijóo, claro, aprovechó Bruselas para otra cantinela: acusar a Sánchez de haber convertido a España en un “problema” para la UE y prometer un país “previsible”. El apoyo a De Cos y el ataque de política exterior viajan en el mismo avión. La izquierda no tiene por qué comprar el segundo para defender el primero. Se puede querer un español al frente del BCE y seguir discutiendo qué política social cabe con tipos altos o bajos.

Qué cambia y qué no

Cambia el mapa de influencia: España deja de ir a la negociación monetaria con un solo padrino doméstico. No cambia, todavía, quién presidirá el BCE ni cuándo se abrirá de verdad el proceso. La hipótesis progresista del día es sobria: si Europa se redibuja la cúpula del euro en 2026-2027, más vale llegar con un candidato serio y bipartito que con un vacío de Estado mientras la izquierda discute la papeleta y la derecha vende “fiabilidad”. El metro entiende esto mejor que un comunicado: el BCE no vota el 29-N, pero el 29-N sí condiciona con qué fuerza España empuja en Fráncfort.