Madrid saca la vajilla de gala. Francia manda al presidente. Y el papel gordo del Tratado de Amistad sigue, tres años y medio después de la firma en Barcelona, sin haber entrado en vigor. Bienvenidos a la diplomacia con flash y deberes sin entregar.
Emmanuel Macron inicia este martes su primera visita de Estado a España. No es un café de trabajo más: es el formato grande, el que no se veía con un jefe de Estado francés desde Sarkozy en 2009. Reyes en el Patio de la Armería, almuerzo en la Zarzuela, cena de gala en el Palacio Real, foro de comercio e inversión, acto de defensa y espacio en Torrejón, Casa de Velázquez y, el miércoles, cara a cara con Pedro Sánchez. El guion es impecable. La letra pequeña, menos.
El Tratado de Amistad y Cooperación se firmó en enero de 2023. Francia hizo su parte y lo ratificó en marzo de 2025. En España se enredó en el Senado. PP y Vox plantaron duda constitucional sobre el artículo que prevé invitar, al menos cada tres meses, a un miembro del Gobierno de una parte al Consejo de Ministros de la otra. El Ejecutivo bilaterizó cartas para aclarar que esa presencia sería “en los márgenes” y en reunión separada, sin meterse en las deliberaciones del Consejo. El Tribunal Constitucional ha avalado el precepto por unanimidad. Luz verde jurídica. Falta la ratificación política que convierta el tratado en norma viva. El Gobierno ya empuja al Senado a aprobar “rápido” lo que lleva años en el cajón.
Ese retraso no es un accidente de calendario. Es política interior disfrazada de formalismo. Mientras se discutía si un ministro francés podía asomarse al Consejo español, la relación de Estado a Estado acumulaba tiranteces reales: interconexiones energéticas, el hidroducto H2Med y la pelea de fondo entre hidrógeno verde (apuesta española) e hidrógeno ligado a la nuclear francesa, alta velocidad y cuellos de botella en los Pirineos. La visita llega, además, con controles fronterizos temporales franceses vigentes desde el 1 de mayo hasta el 31 de octubre de 2026, justificados por amenaza yihadista e inmigración irregular. Solidaridad en los comunicados; controles en la frontera. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y por eso molestan.
París se apunta un tanto que Moncloa no olvida: en la crisis de entradas masivas en Ceuta, el Elíseo marcó solidaridad inmediata con España, frente a la carta dura que firmaron 22 socios europeos. Eso pesa. También pesa que Macron y Sánchez se hayan alineado más en Gaza y en marcos europeos que en el cableado físico que conecta economías. Una visita de Estado no arregla un corredor ferroviario ni un desacuerdo energético por el hecho de poner mantel. Sirve, como mucho, para recordar qué quedó a medias.
Desde un marco liberal-conservador la lectura es incómoda para el relato oficial de “eje de confianza”. Si el tratado era histórico y comparable al que Francia tiene con Alemania e Italia, ¿por qué España lo ha tratado como ficha de desgaste parlamentario durante más de tres años? La oposición tiene derecho a vigilar cesiones de soberanía simbólica. El Gobierno tiene obligación de no vender cumbres si no puede cerrar ratificaciones. Y ambos tienen el deber de no confundir la foto con la infraestructura. Europa se sostiene con cables, vías, gasoductos e hidrógeno negociado con números, no solo con cenas y condecoraciones.
Macron llega en la recta final de su mandato, con presidenciales francesas en el horizonte de 2027 y con la ultraderecha europea respirando en la nuca de medio continente. Sánchez también mira a ciclo electoral. Hay sintonía personal y desgaste institucional. Hay agenda de defensa y espacio —Torrejón no es decorado— y hay una lista de pendientes que no cabe en el discurso de sobremesa. El Constitucional ha quitado la excusa jurídica al bloqueo del tratado. A partir de ahora, si el Senado sigue demorando, ya no será por duda de encaje constitucional: será por cálculo.
La prueba de esta visita no será el brillo de la gala. Será si, al día siguiente, el tratado avanza de verdad, si las interconexiones dejan de ser eslogan y si la frontera franco-española se gestiona con reglas europeas y no con parches temporales eternizados. Mientras tanto, España recibe a Francia con honores de Estado y con un contrato bilateral todavía a medio firmar del lado que más habla de Europa. Eso no es anti-Francia. Es exigir que la amistad se note en el BOE y en la red, no solo en el protocolo.
