Menos de seis semanas para el 29-N y el mapa ya no se lee como en 2023. El Panel de Sigma Dos para El Mundo deja un aviso que duele en Ferraz y debería quitar el sueño a Génova: Vox se sitúa a 5,8 puntos del PSOE. Con la misma participación que hace tres años, eso son unos 1,4 millones de electores de distancia. Menos, incluso, que los 1,5 millones y 6,2 puntos que separan a Pedro Sánchez de Alberto Núñez Feijóo en la pelea por la primera plaza.

Lean eso otra vez. La pelea por ser segunda fuerza —PSOE contra Vox— aparece hoy más reñida que la pelea por ser primera. No es un titular para redes de ultra. Es aritmética de campaña en el sondeo de referencia del diario.

La mitad del tablero ya no es “de los de siempre”

El dato nacional engaña si uno se queda en la media. Donde se ganan o se pierden escaños es en las provincias. Y ahí el Panel dibuja un escenario que la derecha moderada lleva años negando en privado: en la lectura más favorable a Santiago Abascal, Vox podría empatar o superar al PSOE en la mitad de las provincias. Incluso en el escenario menos generoso para los de Abascal, el partido iguala a los socialistas en 15 circunscripciones y los supera en dos —un 34% del mapa—. En 2023 la derecha dura no rozaba ese reparto.

La pieza pone nombres propios al temblor: sorpasso en Almería y Murcia, y un posible estreno de escaño en Galicia, territorio hasta ahora casi impermeable, donde Vox tendría que disputárselo al PP. La misma oleada del Panel habla de un Vox que se acerca al PSOE en Andalucía, lo supera en Murcia y da el sorpasso al PP en Cataluña. Cuando eso pasa a seis semanas de unas generales, el eje del debate ya no es solo “quién gobierna”: es quién marca el precio del gobierno.

El problema de Feijóo no es solo Sánchez

La cobertura del Panel recuerda otra transferencia incómoda: Abascal vuelve a recibir del caladero de Feijóo un volumen enorme de voto —en piezas hermanas del mismo Panel se habla de nuevo de un millón de electores que miran a Vox desde el PP—. Da igual cómo lo maquille la dirección popular. Si tu techo depende de recuperar a quien ya se fue a la derecha de la derecha, cada mitin “de centralidad” es una apuesta a ciegas.

Desde el marco liberal-conservador la lectura no es celebrar el caos. Es advertir el coste de la negación. España no está eligiendo entre un PowerPoint de Moncloa y una gestora técnica. Está eligiendo, provincia a provincia, si la alternativa al sanchismo la escribe quien promete orden con letra pequeña o quien lo grita sin complejos. Cuando Vox empata el mapa del sur y asoma en Galicia, el PP no puede seguir vendiendo que el votante “volverá solo” el día de la reflexión.

Lo que el sondeo no es

Un panel no es el 29-N. No reparte actas. No convierte a Vox en segunda fuerza en escaños hasta que las urnas hablen. Quien transforme 5,8 puntos de intención de voto en “gobierno de Abascal” está haciendo el mismo truco que critica en la otra orilla. Pero quien mire hacia otro lado porque el dato incomoda a la estrategia de Feijóo está negociando con un electorado que, según Sigma Dos, ya ha movido ficha.

La izquierda usará el Panel para gritar “llega la ultraderecha” y movilizar miedo. Es su manual. La pregunta para la derecha útil es otra: si Vox pisa talones al PSOE en medio país, ¿el PP va a seguir acomplejado por el marco de la Moncloa o va a pelear el voto de quienes ya no creen en gestos y sí en resultados? El reloj del 29-N no espera a que Génova termine de hacerse el interesante.