En Madrid la sanidad se vende como escaparate. La Comunidad repite que tiene las listas de espera más bajas. El problema llega cuando un hospital de referencia aparece, según la información publicada, rebajando a espaldas de los cirujanos la prioridad de hasta 57 pacientes para que el reloj oficial diga otra cosa.
No es un matiz de Excel. Es el paciente al que le cambian la etiqueta de preferente a normal y, de golpe, el plazo máximo pasa de 90 a 180 días. Eso es lo que, según la información de El País recogida por varios medios, habrían hecho el jefe de Traumatología del Hospital Ramón y Cajal, Basilio José de la Torre Escudero, y el director médico, Rafael Martínez Fernández. El hospital no ha respondido a las peticiones de explicación de elDiario.es.
Los números bonitos y la cola real
Los últimos datos del Servicio Madrileño de Salud (Sermas) hablan de 114.627 personas esperando una operación en julio, con una demora media estructural de 57 días. Más del 40% superaba ya los tres meses. En traumatología del Ramón y Cajal la media superaba los 98 días, con 1.665 pacientes pendientes.
A la vez, el 9 de septiembre se publicaba que se disparaba en dos años el número de mujeres a la espera de una mamografía y que unas 9.000 no tenían fecha asignada. La respuesta institucional fue la de siempre: pecho hinchado y eslogan de excelencia.
La secretaria general de Amyts, Ángela Hernández, lo resume sin poesía: el maquillaje de listas “no es algo privativo de Madrid”, pero existe. El presidente de Atención Hospitalaria del mismo sindicato, Javier Ortega, cirujano, va más lejos: lo del Ramón y Cajal le parece “muy grave desde el punto de vista quirúrgico”.
Incentivos que empujan a maquillar
No hace falta inventar una conspiración de despacho. Basta mirar los contratos-programa 2025 de los grandes hospitales públicos madrileños: todos meten objetivos institucionales para rebajar listas, con indicadores y puntuaciones. El experto José Ramón Repullo lo dice claro: esos incentivos son normales en gestión… y también pueden volverse perversos si la gobernanza es floja.
Hernández pone el dedo en la llaga del modelo: cuanta más actividad hace un hospital público, más gasto genera y más se aleja del cumplimiento presupuestario. “Lo único que te queda es la gestión de la lista de espera… se genera el incentivo de intentar ocultarla”. En paralelo, la libre elección y la derivación a centros de gestión privada convierten la sanidad madrileña, dicen varios profesionales, en un mercado donde lo complejo se queda en la pública y lo rentable se escurre.
Hay hemeroteca. En 2005 el Ministerio de Sanidad llegó a expulsar a Madrid del sistema nacional de cómputo por incumplir la normativa de registro de Esperanza Aguirre. No es el primer round de esta pelea. Es la misma película con otro capítulo.
La Consejería no limpia el dato: dispara al mensajero
Este miércoles la consejera de Sanidad, Fátima Matute, negó que se manipulen las listas… y a renglón seguido aseguró que “el mismo denunciante es quien manipuló las listas de espera”, atribuyéndole un cambio irregular de gravedad “para trabajar menos y operar casos menos complejos”. Habló de diligencias previas, de expedientes disciplinarios del profesional y de una supuesta “misión” de la ministra Mónica García de “boicotear la sanidad madrileña”.
Puede que haya que investigar al denunciante. Puede que haya que investigar a la dirección. Lo que no cuela es convertir la sombra de un hospital de referencia en una guerra de descalificaciones mientras el ciudadano solo quiere saber una cosa: si la fecha que le dan es real o cosmética.
Desde la izquierda el marco es simple. No se discute que Madrid tenga músculo sanitario ni que haya profesionales excelentes. Se discute el relato de escaparate: listas que bajan en el PowerPoint mientras alguien mueve prioridades en la sombra, mamografías sin cita y una Consejería más rápida en atacar al que sopla el silbato que en abrir los datos de par en par.
Si la Comunidad está tan segura de sus cifras, el remedio no es insultar a monclovitas ni a sindicatos. Es transparencia quirúrgica: quién cambia prioridades, con qué criterio clínico, con qué auditoría externa y con qué sanción si se maquilla el reloj. Hasta entonces, presumir de “listas más bajas” suena a marketing con bata blanca.
