La crisis de Ceuta ha saltado de la frontera al tablero internacional con una velocidad brutal. Lo que empezó como una emergencia territorial, humanitaria y policial se ha convertido en un escaparate perfecto para la política de la mano dura. Y ahí han entrado todos: gobiernos extranjeros, líderes de derecha, oposición española y altavoces europeos con ganas de convertir Ceuta en un cartel electoral.

Los datos básicos son graves por sí solos. Europa Press recoge que Interior estimaba al mediodía unos 25.000 retornos a Marruecos desde Ceuta. También publicó que Pedro Sánchez anunció la instalación de boyas en el espigón y defendió la devolución cuanto antes de quienes hubieran entrado irregularmente, dentro del dispositivo abierto tras la entrada masiva.

La derecha española ha atacado al Gobierno por llegar tarde y por improvisar. Feijóo, según Europa Press, acusó a Sánchez de no estar a la altura y de reaccionar con boyas cuando la crisis ya estaba encima. Esa crítica entra dentro del juego democrático: un Ejecutivo tiene que dar explicaciones cuando una frontera se desborda y una ciudad autónoma queda al límite.

Pero la novedad política de este viernes es otra: Ceuta ya no se discute solo en España. El País publica que el Gobierno de Trump salió a criticar a España para defender su propia línea dura contra la inmigración. Levante-EMV, dentro del grupo de El Periódico, recoge que Trump, Meloni y Netanyahu han aprovechado la crisis para atacar la política migratoria española. El mensaje es transparente: Ceuta sirve como prueba de laboratorio para vender que solo funciona el cierre, el castigo y el espectáculo.

Desde una mirada progresista, sería absurdo negar que el Estado necesita controlar la frontera. Nadie serio puede pedir que Ceuta gestione sola una entrada masiva ni que las fuerzas de seguridad trabajen sin medios. La pregunta no es si debe haber control. La pregunta es si España va a mantener ese control dentro de la legalidad y con una mínima humanidad, o si va a dejar que otros escriban el guion con cadáveres, miedo y propaganda.

La izquierda se equivoca cuando responde a cada crisis fronteriza con lenguaje de seminario y reflejos defensivos. La gente quiere saber quién manda, qué se está haciendo y qué garantías existen. Si no lo explica el Gobierno, lo explicarán otros con una frase más corta y mucho más peligrosa: “cerradlo todo”.

La derecha, por su parte, tiene una tentación evidente: convertir Ceuta en una prueba moral contra todo el sistema de asilo, contra toda política migratoria y contra cualquier límite jurídico. Ahí empiezan los problemas. Una cosa es exigir eficacia y otra muy distinta es usar una emergencia para normalizar un discurso en el que las personas desaparecen y solo quedan masas, amenazas y titulares.

El riesgo para España es doble. Si el Gobierno no actúa con rapidez, pierde autoridad. Si actúa copiando el marco de Trump o Meloni, pierde algo más serio: la capacidad de defender que una democracia controla sus fronteras sin convertirse en una máquina de propaganda del miedo.

Ceuta necesita medios, coordinación con Marruecos, presencia europea y explicaciones claras. También necesita que no se use su angustia como plató internacional. Porque cuando una crisis local se convierte en escaparate global, el relato corre más que los hechos. Y esta vez los hechos ya eran bastante duros como para encima regalárselos a quienes solo quieren hacer campaña.