España estrena una Estrategia de Diplomacia Pública 2026-2028 y el Gobierno la presenta como algo más ambicioso que una campaña de imagen. José Manuel Albares defendió el 16 de julio que la diplomacia del siglo XXI no puede limitarse a hablar entre gobiernos: también debe dirigirse a las personas. Dicho sin incienso: el Ejecutivo quiere que España cuente mejor quién es, antes de que otros le fabriquen el relato.
La Moncloa explica que es la primera vez que España se dota de un marco común para coordinar la proyección exterior de instituciones públicas, empresas, universidades, cultura, deporte y sociedad civil. Europa Press recoge que Albares habló de proyectar la “España real” frente al auge de la desinformación y las narrativas de odio. El documento oficial está publicado por Exteriores y cubre el periodo 2026-2028.
La batalla por la reputación también es política
Puede sonar blando, casi de folleto turístico, pero no lo es. En un mundo donde la reputación atrae inversión, talento, alianzas y apoyo diplomático, contar bien el país también es poder. No basta con tener embajadas; hay que explicar qué defiende España, con quién quiere trabajar y por qué merece confianza. Si no, el hueco lo llenan caricaturas, campañas interesadas o ruido interno exportado como si fuera diagnóstico nacional.
Desde una mirada progresista, esta estrategia tiene una virtud evidente: asume que la política exterior no es solo defensa, comercio y cumbres. También son derechos humanos, multilateralismo, convivencia, ciencia, cultura, cooperación y democracia. Albares lo resumió con una frase que funciona porque es bastante literal: “el país que no cuenta su propia historia corre el riesgo de que otros la cuenten por él”.
No todo relato es propaganda
La frontera importante está ahí. Una diplomacia pública democrática no debería convertirse en propaganda de partido ni en escaparate para tapar problemas reales. España tiene fortalezas que vender, sí: cultura, empresas, investigación, lengua, deporte, peso europeo. También tiene grietas: polarización, vivienda imposible para jóvenes, bronca institucional, dependencia turística en zonas concretas y desigualdades territoriales. Una imagen exterior adulta no niega esas tensiones; las coloca en contexto.
La estrategia, según la cobertura de Europa Press, se organiza en cuatro ejes: posicionamiento, impacto, operatividad y comunicación. Traducido: decidir qué imagen se quiere proyectar, buscar resultados medibles, coordinar instrumentos dispersos y comunicar mejor frente a la manipulación. Lo decisivo será si eso baja del papel a acciones concretas o se queda en otra presentación con atril, foto y PDF.
La derecha también debería tomárselo en serio
Habrá quien reduzca esto a “marca España” con barniz gubernamental. Es una crítica legítima si el plan acaba confundiendo país con Ejecutivo. Pero sería miope despreciar la diplomacia pública justo cuando otros estados, plataformas y actores privados compiten por imponer narrativas. Defender una imagen democrática de España en el exterior no es un lujo progresista: es una herramienta de Estado.
La condición es sencilla: transparencia y pluralidad. Si la estrategia implica a universidades, empresas, cultura, deporte y sociedad civil, debe hacerlo sin convertirlos en figurantes de Moncloa. Si habla de desinformación, debe combatirla con datos y rendición de cuentas, no con etiquetas cómodas contra el discrepante. Y si presume de democracia sólida, debe aceptar que una democracia sólida también se discute a sí misma.
La diplomacia pública puede parecer una cosa lejana, de cancillerías y cócteles. Pero sus efectos acaban siendo muy concretos: qué inversor confía, qué investigador viene, qué alianza se firma, qué país escucha a España cuando toca defender una posición difícil. Ahí se juega algo más que una foto bonita en el exterior. Se juega capacidad real de influencia.
