No hace falta que la derecha invente un PSOE en crisis: lo están dibujando sus propios históricos. Este miércoles se constituye la Asociación para el Consenso Social y la Democracia, un vehículo de socialistas críticos con Pedro Sánchez que llega con decálogo, preámbulo constitucional y una tesis incómoda para Ferraz: llaman “populista” y “polarizador” al Ejecutivo y quieren desalojar al establishment sanchista desde dentro del partido.
The Objective adelanta el documento. No es un hilo de tertulia. Es una entidad que, al constituirse, puede actuar como sujeto político reconocido y se presenta como espacio de “regeneración democrática” desde el constitucionalismo, el humanismo socialdemócrata y el europeísmo. Traducción menos pomposa: hay vida orgánica fuera del aparato que gobierna a golpe de bloque y relato.
Los tres vectores fundacionales no son decorado. Primero, monarquía parlamentaria como modelo de Estado legítimo: la Corona como continuidad, neutralidad y unidad del marco de 1978. Segundo, la Constitución como pacto de convivencia, separación de poderes y pluralismo. Tercero, una socialdemocracia reformista, “liberal en derechos y exigente con las instituciones”, anclada en economía social de mercado y proyecto europeo. Quien haya seguido al PSOE de los últimos años entenderá por qué firmar eso hoy es un acto de oposición interna y no un brindis de congreso.
El decálogo clava el dedo donde más duele al sanchismo: mérito frente a carisma. “Las instituciones democráticas deben ser dirigidas por quienes acrediten mérito, capacidad, integridad y vocación de servicio público”. Frente al liderazgo carismático del populismo, piden evaluación del desempeño. También reclaman talento real en Parlamento y Administración —científicos, juristas, economistas, docentes, sindicalistas, empresarios— para que “la evidencia prevalezca sobre la propaganda”. Si eso suena a crítica al Gobierno actual, es porque lo es.
Hay más. Defienden monarquía parlamentaria y Estado de derecho como “dique frente a cualquier deriva autoritaria”. Recuperar pactos de Estado y cultura del consenso frente a la pelea permanente. Participación ciudadana informada, no “populismo plebiscitario”. Un contrato social de igualdad de oportunidades con responsabilidad fiscal. Educación con cultura constitucional. Y una frase que debería colgarse en más despachos: “La corrupción destruye la confianza en las instituciones; la polarización destruye la convivencia”. Piden transparencia, rendición de cuentas, limitación de mandatos y protección del denunciante.
Los nombres del entorno de la iniciativa no son anónimos de Twitter. En los encuentros previos han figurado, entre otros, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, Jordi Sevilla, Virgilio Zapatero, Soraya Rodríguez, Nicolás Redondo, Ignacio Urquizu, Teresa Freixes, Alejandro Cercas o José Antonio Maturana. El propio reportaje aclara que no todos acabarán dentro. Da igual para el diagnóstico: el malestar no es un invento de la caverna; tiene biografía socialista y memoria de gobierno.
Juan Antonio Ruiz Castillo, exdiputado socialista madrileño del grupo, lo resume sin anestesia: “Hay que actuar ya, cueste lo que cueste”. Ese tono solo aparece cuando una corriente cree que el partido ha dejado de ser instrumento de reforma para convertirse en maquinaria de supervivencia del líder. Se puede discrepar del decálogo entero y aun así admitir el hecho: la crítica interna ha pasado de comidas discretas a estatutos.
¿Servirá para desbancar a Sánchez? Eso no lo sabe nadie, y no conviene convertirlo en profecía. Lo que sí se puede medir ya es el contraste. Mientras el Gobierno pelea cada semana un relato de trinchera —instituciones “provocadoras”, adversarios como amenaza existencial, lealtad personal como programa—, un sector del propio solar socialdemócrata reaparece hablando de 1978, mérito, Europa y límites al poder. No es nostalgia de croqueta: es un recordatorio de que el constitucionalismo no es propiedad de la derecha ni un estorbo para la izquierda reformista.
También conviene no mitificar. Una asociación no gana primarias por publicar un decálogo. Necesitará estructura, afiliados, finanzas y capacidad de pelear federación a federación. Y parte de su agenda —monarquía, pactos de Estado, freno al plebiscitarismo— choca de frente con aliados y reflejos del bloque de investidura. Precisamente por eso importa: no es un clon del PP con carné rojo; es una disputa por el alma institucional del PSOE.
Si Ferraz lo despacha como ruido de exministros aburridos, cometerá el error clásico del poder asediado: confundir disenso con irrelevancia. Cuando históricos del partido hablan de polarización, corrupción y decadencia institucional, el problema ya no es “la derecha lo dice”. El problema es que lo dicen quienes durante décadas montaron el Estado del bienestar y ahora no reconocen el manual de instrucciones.
