En el Faro de Moncloa, el mismo escenario donde en 2019 el equipo de José Luis Martínez-Almeida presentó Madrid 360 como alternativa al modelo de Manuela Carmena, el alcalde y el delegado de Medio Ambiente, Borja Carabante, han sacado pecho con un dato difícil de maquillar: el NO2 de Madrid ha marcado este verano el mínimo de toda la serie histórica.
Con los registros acumulados hasta agosto, 21 de las 24 estaciones de la red municipal se sitúan ya por debajo del umbral de dióxido de nitrógeno que Europa fija para 2030. En agosto de 2026 solo tres puntos —Barajas Pueblo, Ensanche de Vallecas y plaza Elíptica— superaron los 20 microgramos por metro cúbico, y las tres se quedaron por debajo de 30. El límite anual que sigue vigente hoy es de 40. Madrid lo cumple, además, por cuarto año seguido.
La foto del antes y el después es política, no cosmética. En agosto de 2019, antes de arrancar Madrid 360, 22 de 24 estaciones estaban por encima de esos 20 microgramos. En 2017, el peor año reciente, 15 estaciones rebasaron los 40. Entre 2010 y 2021 la capital vivió en el club del incumplimiento europeo. Eso es lo que el Ayuntamiento pone encima de la mesa cuando la oposición habla de «regresión ambiental».
Almeida ha ido un paso más allá y ha reivindicado que los madrileños respiran «la mejor calidad del aire que nunca se ha respirado en esta ciudad». También ha vendido el plan como éxito frente a las críticas iniciales de la oposición y de la entonces ministra Teresa Ribera. Esa frase de «mejor capital de Europa» es afirmación del alcalde, no un ranking independiente cerrado en el briefing de este viernes. El dato duro y contrastado por varias crónicas es el de la red de estaciones y la serie de NO2.
Y aquí llega la decisión que enfurece a una parte de la izquierda urbana: con estos números, el regidor no ve «ningún motivo» para retirar en 2027 la moratoria que permite circular a los vehículos sin distintivo ambiental domiciliados en Madrid —gasolina previos al año 2000 y diésel de antes de 2006—. La excepción no abre la puerta a los sin etiqueta de fuera de la capital. Es decir: menos moralina sobre el coche del vecino empadronado y más obsesión por el resultado medible.
El contrapunto existe y hay que citarlo sin esconderlo. Coberturas como la de Gacetín Madrid recogen que Más Madrid y el PSOE acusan al alcalde de mirar solo el NO2 y de minusvalorar problemas de ruido y ozono. Se puede debatir el paquete completo de calidad ambiental. Lo que no se sostiene es fingir que la curva del dióxido de nitrógeno no ha bajado o que Madrid 360 fue un eslogan vacío.
El marco de esta mesa es claro: la política ambiental que funciona se mide en microgramos, no en prohibiciones teatrales. Si la ciudad mejora el aire y además evita expulsar de un plumazo a quien aún conduce un coche viejo empadronado, el dogma de la restricción total pierde carteles. Almeida ha elegido gobernar con el contador a la vista. Y el contador, hoy, le da la razón en NO2.
