Las fiestas de San Mateo en Oviedo no son solo sidra y casetas. En la madrugada de este viernes, según el colectivo Fiestes Populares y el relato que publican ABC y El Comercio, un grupo de unos ocho jóvenes de ideología ultra entró en la caseta de la zona de la Catedral, intentó arrancar un faldón arcoíris y agredió a dos militantes de Asamblea Moza d'Asturies (AMA): Jorge Fernández y el exconcejal Rubén Rosón.
No fue un simple empujón de madrugada. Los heridos fueron al HUCA, les hicieron pruebas y uno salió con puntos de sutura. Ambos recibieron el alta. Mientras, los agresores —siempre según la denuncia del colectivo— gritaban consignas racistas y xenófobas, «rojos de mierda» y «Arriba España» antes de largarse corriendo. Eso no es pelea de feria. Es violencia con mensaje político.
Fiestes Populares lo ha dicho sin anestesia: si les molesta el arcoíris, Oviedo va a llenarse de color. Han convocado una concentración este sábado a las 19:00 y anuncian actos de repulsa durante el resto de San Mateo. La frase importa porque dibuja la respuesta: no replegarse, no cerrar la caseta, no dejar la calle a quien apalea por una bandera o por una idea.
La reacción política ha sido rápida en el bloque de izquierda. El portavoz del PSOE en el Ayuntamiento, Carlos Fernández Llaneza, ha calificado los hechos de «agresión fascista absolutamente intolerable» y ha recordado lo obvio que a veces se relativiza: que te apaleen por tus ideas no es un «incidente más». Ha exigido identificación de responsables, respuesta judicial y ha pedido al alcalde Alfredo Canteli claridad sin equidistancias. En la misma línea han salido IU-Convocatoria por Oviedo, con Gaspar Llamazares, y la diputada del Grupo Mixto Covadonga Tomé.
Aquí el marco de esta mesa es directo: la violencia de extrema derecha no se combate con silencio municipal ni con el relato de que «son cuatro locos». Se combate con condena inequívoca, con investigación y con protección real de quien monta casetas abiertas en fiestas populares. Si el Ayuntamiento tarda o matiza, el mensaje que llega a la calle es otro: que hay agresiones de primera y de segunda.
Conviene no inventar lo que aún no está. A esta hora las crónicas hablan de denuncia del colectivo y de condenas políticas; no de sentencia ni de lista cerrada de detenidos. Eso no rebaja la gravedad. Rebaja el margen para el sensacionalismo. Los hechos ya son duros: dos personas heridas, simbología LGTBI atacada, gritos franquistas de manual y una ciudad de fiesta que de golpe recuerda que la convivencia no se defiende sola.
Oviedo tiene ahora un test simple. O la violencia política se trata como lo que es —un ataque a la democracia cotidiana de una caseta, de un voluntario, de una bandera— o se diluye en el ruido de las fiestas. La izquierda asturiana ha elegido el primer camino. Falta ver si el gobierno local lo hace con la misma contundencia que exige cuando el desorden le toca más cerca.
