Hay broncas internas y hay broncas que dejan el esmalte en el suelo. Este miércoles, Emiliano García-Page respondió a Pedro Sánchez con una frase pensada para circular: el presidente, dijo, “vive arrodillado a las minorías más sangrientas de este país”, y citó a la “extrema derecha independentista” y a los “herederos de los asesinos de ETA”.
El detonante no fue un debate abstracto. Sánchez, en una entrevista en TVE, había aparcado las críticas de Page y Felipe González como “posiciones muy minoritarias y marginales” dentro del PSOE. Page, desde Alovera (Guadalajara), no solo negó el marco: lo invirtió. ¿Cómo vas a llamar marginal a quien discrepa, preguntó, cuando el Gobierno negocia y cede ante quienes, según él, hablan de “puta España”?
El presidente de Castilla-La Mancha es el único barón socialista con mayoría absoluta. Eso le da una libertad que otros no tienen. Y la está usando. Coincide “en muchas opiniones” del Gobierno, dice, pero se declara incapaz de seguir “el ritmo a tanto cambio de opinión”: puede aceptar la primera, no las “150” siguientes. El ejemplo clásico —indultos y amnistía del procés— vuelve a la mesa como prueba de un Sánchez que improvisa con la aritmética parlamentaria.
Desde la derecha el episodio no se lee como un capricho de barón. Se lee como diagnóstico interno: incluso dentro del PSOE hay quien ve una legislatura sostenida a base de peajes con Junts, ERC o EH Bildu, y quien reclama adelanto electoral para cortar esa dinámica. Page y González llevan semanas en esa línea. Sánchez responde restándoles peso orgánico y, a la vez, confirma que quiere ser candidato en 2027 y que contará con Zapatero en campaña.
Page, ácido, no se inmuta: “El problema de algunos es la nula credibilidad que tienen… no me va a quitar el sueño”. Sobre las primarias del presidente, zanja que “a estas alturas me creo cualquier cosa”. Traducción política: la fidelidad orgánica ya no compra silencio territorial.
No hace falta suscribir cada adjetivo de Page para ver el daño. Cuando el principal cargo socialista con mayoría absoluta describe al jefe del Ejecutivo como rehén de minorías radicales, el mensaje llega al votante moderado antes que al comité federal. Y llega en el peor momento: crisis de Ceuta, frentes judiciales y un curso político que arranca a gritos.
La pelea no es solo de ego. Es de modelo: ¿se gobierna España con una mayoría frágil y socios caros, o se corta la legislatura y se vuelve a las urnas? Page ha elegido el segundo relato. Sánchez, el primero. El PSOE, por ahora, tiene los dos a la vez… y se le nota.
