Palma volvió a decir basta contra la masificación turística y la jornada terminó donde nunca debería acabar una protesta social: con cargas policiales, lanzamiento de objetos y heridos. Según Europa Press, decenas de miles de personas participaron este domingo en la manifestación contra la saturación. El País cita dos cifras que explican la disputa por el tamaño de la calle: unas 25.000 personas según Policía Nacional y 70.000 según la plataforma Menys Turisme, Més Vida.
La marcha no fue una postal veraniega de enfado amable. El lema “Mallorca al límit” resume un malestar que lleva años creciendo: vivienda imposible, servicios tensados, barrios convertidos en escaparate, infraestructuras al borde y una economía que vende éxito turístico mientras muchos residentes sienten que su isla se les escapa de las manos. No es turismofobia de caricatura. Es cansancio social con forma de pancarta.
El tramo final se torció en la zona de Ses Voltes y el Parc de la Mar. Europa Press informa de cargas policiales, lanzamiento de objetos y al menos ocho heridos. El País recoge que dos personas fueron trasladadas a un centro hospitalario con pronóstico reservado y que otras seis fueron atendidas en el lugar con heridas leves. Última Hora añade que se produjeron lanzamientos de objetos, principalmente botellas de plástico, por parte de un grupo reducido, mientras otros asistentes les recriminaban esa actitud.
La política entró de lleno este lunes. Europa Press publicó que el Gobierno pedirá explicaciones por unas actuaciones que considera “inaceptables” en la marcha contra el turismo masivo en Palma. Representantes de MÉS per Mallorca han exigido la dimisión del delegado del Gobierno por una actuación policial que califican de desproporcionada. Conviene ir con cuidado: una cosa es describir denuncias políticas y otra sentenciar responsabilidades antes de que haya informes completos. Pero el hecho central está ahí: una protesta masiva por el modelo turístico ha acabado convertida también en una crisis sobre orden público.
La lectura desde la izquierda es bastante directa: cuando una ciudadanía sale a la calle porque no puede vivir en el lugar que sostiene con su trabajo, la respuesta institucional no puede reducirse a vallas, cordones y porras. La protesta puede tener episodios censurables, claro. Lanzar objetos no es manifestarse mejor. Pero usar esos incidentes para tapar el fondo sería una trampa demasiado cómoda. Mallorca no protesta porque le moleste ver maletas; protesta porque la maleta permanente parece tener más derechos que el vecino permanente.
La lectura desde la derecha también tiene una advertencia que no debería ignorarse: el turismo sostiene empleo, ingresos y actividad. Demonizarlo sin una alternativa seria sería pegarse un tiro económico en el pie. La cuestión, precisamente, es si las administraciones son capaces de ordenar ese motor sin convertirlo en trituradora de vivienda y convivencia. Regular no es apagar la economía. A veces es la única forma de que no reviente.
El riesgo político para todos es enorme. Si el Govern balear, el Ayuntamiento, el Gobierno central y el sector turístico leen la protesta solo como ruido radical, el siguiente verano llegará peor. Si los convocantes no aíslan con claridad cualquier violencia o intimidación, regalarán a sus adversarios la excusa perfecta para no hablar del modelo. Y si la Policía no explica con transparencia qué ocurrió, la sospecha se quedará flotando justo donde más daño hace: en la confianza democrática.
Palma ha enviado un mensaje que no cabe en un folleto turístico: el éxito medido solo por visitantes puede fracasar medido por vida cotidiana. La isla no pide desaparecer del mapa turístico. Pide no desaparecer ella misma debajo de ese mapa.
