Los números de PISA 2025 son feos. No hace falta endulzarlos. España baja en lectura, matemáticas y ciencias, queda por debajo de la media OCDE y de la UE, y la Cadena SER resume el clima con crudeza: peor resultado histórico y mayor batacazo desde que arrancó la serie en el año 2000. RTVE y elDiario.es lo confirman con la misma dirección: caída en las tres competencias.

El detalle del ciclo reciente, según elDiario.es: ciencia de 485 a 477, lectura de 474 a 451, matemáticas de 473 a 457. Medias OCDE citadas en ese reportaje: 486, 466 y 469. Casi 30.000 estudiantes de 956 centros; la mayoría en 4º de ESO. No es una encuesta de bar. Es una radiografía comparada.

La OCDE no entrega un veredicto de partido. Entrega una pista incómoda: pantallas, atención y lectura profunda. El analista del estudio, según RTVE y SER, sitúa el problema cuando el texto pasa de unas 400 palabras. Solo un 2% del alumnado español alcanza el nivel lector alto frente a un 6% de media OCDE. Eso no se arregla con un tuit de «culpa de la Lomloe» ni con otro de «culpa de la concertada».

Hay contexto global: muchos países caen. España, en este ciclo, cae de forma especialmente molesta porque la brecha con la OCDE se ensancha. Euskadi se pega un batacazo en ciencias (El Mundo País Vasco habla de 459 puntos frente a 495 de Madrid y 477 de media española). Valencia se va al furgón de cola, solo por delante de Ceuta y Melilla, con la dana de 2024 como hipótesis educativa local. Catalunya queda fuera por problemas de muestra. Son matices territoriales, no excusas nacionales.

Desde la izquierda seria la respuesta no es negar PISA. Es no convertirlo en única religión. Hace falta refuerzo real de lectura y matemáticas —el plan anunciado tras 2022 del que El Mundo dice que no se han rendido cuentas—, ratios, formación docente y política de pantallas en el aula que no sea postureo. También equidad: SER recoge la sorpresa del secretario de Estado Abelardo de la Rosa ante un descenso más fuerte en alumnado de mayor nivel socioeconómico. Si se confirma, rompe esquemas fáciles.

Lo que no se puede hacer es usar el informe para linchar a una generación de profesores o para vender que el problema es solo «ideología». Los móviles no votan listas. Los currículos tampoco leen por los chavales. El país tiene un problema de atención y de competencia básica. Se combate con política pública densa, no con cultura war de recreo.

PISA mide una foto. La pregunta política es qué haremos con ella antes del próximo ciclo: más horas útiles de lectura, menos teatro competencial vacío, y una conversación adulta sobre pantallas que no acabe en prohibición mágica ni en laissez-faire digital. Suspender duele. Ignorar el suspenso sería peor.