RTVE ha vuelto a meterse en uno de esos charcos donde la política cultural deja de ser cultura y se convierte en termómetro del país. El presidente de la corporación, José Pablo López, dijo este lunes en la Comisión Mixta de Control Parlamentario de RTVE que la serie La gran aventura de la lengua española, conducida por Iñaki Gabilondo, “ha podido pecar, quizá, de una perspectiva unívoca”. Y anunció que, a la vuelta del verano, la casa estudiará fórmulas para “ampliar el foco”.

La frase llega después de las críticas de Junts y ERC, que reprocharon a varios capítulos una mirada “hispanocéntrica” y denunciaron, según recoge Europa Press, “falsedades, mitos e inexactitudes” sobre el impacto de la conquista española en las lenguas amerindias. López abrió la puerta a un debate específico o a formatos que contrapongan puntos de vista, incluidos los que sostienen que el español fue impuesto en América Latina.

El problema no es debatir: es el reflejo de encogerse

Que una televisión pública revise sus contenidos no debería escandalizar a nadie. Si hay errores, se corrigen. Si falta contexto, se añade. Si una serie se queda corta, se completa. Eso es servicio público. Lo inquietante aparece cuando la revisión parece nacer no de una auditoría editorial serena, sino de la presión política de partidos que llevan años convirtiendo cada símbolo común en una frontera.

España puede contar la historia de su lengua sin convertirla en himno imperial ni en acta de acusación permanente. La lengua española es una realidad cultural compartida por cientos de millones de personas, con luces, sombras, mestizajes, imposiciones, apropiaciones y vidas reales detrás. Reducirla a propaganda patriótica sería pobre. Reducirla a culpa automática también.

La obligación de RTVE no es fabricar orgullo nacional de cartón piedra. Tampoco es pedir perdón por existir cada vez que una fuerza independentista detecta una palabra sospechosa. Una corporación pagada por todos debería hacer algo más difícil: explicar bien, enseñar matices y resistir el chantaje del titular fácil.

Una televisión pública bajo vigilancia política permanente

La comparecencia no se produjo en el vacío. El Congreso tenía este lunes actividad de control sobre RTVE y la corporación llega a cada sesión convertida en campo de batalla. Público, en una información firmada por Europa Press, recogió también el choque de José Pablo López con PP y Vox por otros asuntos de la casa, desde la polémica en Malas lenguas hasta acusaciones cruzadas sobre objetividad, reputación y uso partidista de la televisión pública.

Ese clima importa. Porque cuando todo lo que hace RTVE se interpreta como victoria de un bloque o humillación del otro, la televisión pública deja de ser un espacio común y pasa a ser botín. Y ahí pierden todos: quien quiere verla como aparato del Gobierno, quien la imagina como barricada contra la derecha y quien solo quiere que no le tomen por idiota cuando enciende la tele.

La serie sobre la lengua española puede y debe incorporar miradas críticas. América Latina no fue un decorado amable y las lenguas indígenas no son una nota al pie. Pero también conviene decirlo sin miedo: contar la expansión del español no es un delito cultural. El servicio público no mejora cuando sustituye una simplificación por otra; mejora cuando permite al espectador entender por qué la historia es incómoda sin convertirla en catecismo.

La línea roja: pluralismo sin penitencia obligatoria

La decisión anunciada por López será razonable si acaba en más voces, más contexto y mejor televisión. Será preocupante si desemboca en una lección de autocensura preventiva: no contar algo por miedo a que alguien lo declare demasiado español, demasiado centralista o demasiado poco alineado con su relato.

RTVE tiene una oportunidad sencilla y exigente: revisar con rigor, explicar qué cambiará y no esconderse detrás de palabras vaporosas. Si hubo una mirada unívoca, que se diga dónde. Si se ampliará el foco, que se vea cómo. Y si la conclusión es que la historia de la lengua española admite orgullo, conflicto y mezcla al mismo tiempo, quizá hasta habremos avanzado algo.