El homenaje a Las Trece Rosas vuelve cada agosto como una piedra en el zapato de la política española. Según Madridiario, el Gobierno y varias formaciones de izquierdas recordaron este miércoles el 87 aniversario del fusilamiento de las trece jóvenes en el cementerio de La Almudena. El HuffPost sitúa el conflicto en Madrid: el recuerdo de aquellas mujeres sigue chocando con la retirada o degradación de símbolos memorialistas aprobada en etapas de gobierno del PP.
Conviene decirlo sin solemnidad de cartón: la memoria democrática no es una afición de nicho para militantes con clavel. Es la forma en que una democracia decide si sus víctimas caben en la plaza pública o solo en la nota al pie. Las Trece Rosas fueron fusiladas en 1939, después de la Guerra Civil, por la dictadura franquista. Ese hecho no depende de que a un partido le resulte cómodo, incómodo o electoralmente rentable.
La batalla por el recuerdo es una batalla por el presente
La derecha suele responder a estas conmemoraciones acusando a la izquierda de reabrir heridas. La izquierda contesta que las heridas no se cierran enterrando nombres. El choque es conocido, casi rutinario. Pero que sea rutinario no lo vuelve irrelevante. Cuando una administración retira un memorial, cambia una placa o rebaja un acto, no está haciendo solo mantenimiento urbano. Está diciendo qué relatos merecen espacio y cuáles pueden desaparecer sin demasiado ruido.
El homenaje de este año llega, además, en un momento en el que las leyes de memoria son parte del pulso entre bloques. Para el bloque progresista, defenderlas es levantar un dique frente al revisionismo y frente a la banalización de la dictadura. Para PP y Vox, esas políticas se presentan a menudo como una herramienta partidista de la izquierda. Ahí está el corazón del conflicto: unos ven reparación; otros ven propaganda.
No todo recuerdo es propaganda
La izquierda tampoco debería caer en la tentación de convertir cada acto de memoria en un mitin previsible. Si el homenaje termina siendo solo una fila de cargos públicos repitiendo consignas, pierde fuerza humana. Las Trece Rosas no necesitan frases automáticas. Necesitan algo más difícil: una pedagogía limpia, nombres, contexto, archivos, aulas, barrios y espacios públicos donde la historia se pueda mirar sin pedir permiso al tacticismo electoral.
Pero la crítica al uso partidista no puede servir como excusa para borrar. Hay una diferencia enorme entre discutir cómo se cuenta la memoria y negar que deba contarse. Una democracia madura no teme a sus muertos; teme más bien a los vivos que necesitan maquillarlos para no incomodar a sus socios. Y en España todavía hay demasiada prisa por pasar página sin haber leído la página entera.
Por eso el aniversario importa. No porque resuelva la política de 2026, sino porque la obliga a retratarse. Quien defiende la memoria debe demostrar que habla de derechos y reparación, no solo de ventaja partidista. Quien la combate debe explicar por qué le molesta tanto que trece nombres ocupen un lugar visible en una ciudad democrática.
La memoria democrática no arregla el precio del alquiler, ni la sanidad, ni la frontera de Ceuta. Pero sí dice algo básico sobre el país que quiere discutir todo eso: si acepta que la dignidad de las víctimas no depende de la mayoría municipal de turno. Y esa pregunta, por incómoda que sea, sigue bastante viva.
