Pedro Sánchez ha cerrado el curso político con una frase de esas que Moncloa escribe para que suene a tren de alta velocidad: España avanza “con fuerza y en la mejor de las direcciones”. Y ojo: no todo es propaganda. Hay crecimiento, hay empleo, hay más afiliación y hay medidas sociales que mejoran vidas concretas. Negarlo sería hacer trampas. Pero la izquierda no está para aplaudir balances como si fueran finales de Eurovisión. Está para preguntar lo incómodo: ¿avanza quién, a qué precio y con cuánta gente quedándose en el andén?
El Gobierno presume de que la renta disponible real de los hogares es más alta que en 2018, de plazas de Formación Profesional, de permisos de nacimiento y cuidados, de leyes climáticas, de política exterior y de una agenda social que quiere vender continuidad hasta 2027. Bien. Ahora bajemos del atril al portal de cualquier barrio donde un alquiler se come medio sueldo, donde una familia calcula si puede encender el aire acondicionado, donde pedir cita en atención primaria se parece demasiado a comprar entradas para un concierto. Ahí es donde se decide si un dato macroeconómico es política o decoración.
La izquierda no puede vivir de titulares buenos
El problema no es que el Gobierno saque pecho. El problema es que a veces confunde sacar pecho con cerrar el trabajo. España puede crecer y, al mismo tiempo, expulsar a sus jóvenes de las ciudades. Puede batir récords de turismo y convertir barrios enteros en máquinas de rentabilidad ajena. Puede crear empleo y seguir llenando nóminas que no alcanzan para vivir con dignidad. Esa es la contradicción que la izquierda debería mirar de frente, sin miedo a estropear el cartel.
La política progresista no se mide por lo bonito que suena un Consejo de Ministros. Se mide por si el contrato temporal deja de ser una condena, por si un dependiente recibe ayuda antes de que la familia reviente, por si una madre puede cuidar sin pedir perdón en el trabajo, por si una persona joven puede independizarse sin heredar un piso o una hipoteca emocional de sus padres. Si no pasa eso, el país avanza, sí, pero algunos avanzan en AVE y otros empujan la maleta por una cuesta.
El bloqueo presupuestario no es una excusa eterna
La senda de déficit vuelve esta semana al Consejo de Ministros y después al Congreso. EFE recuerda que no se esperan cambios de voto en PP, Vox o Junts tras el rechazo anterior, y que las metas son las comprometidas con Bruselas. El bloqueo tiene consecuencias reales: si cae otra vez, las comunidades pierden margen de déficit y el Gobierno se queda con menos aire político para defender sus cuentas. Eso hay que contarlo. Pero también hay que decir otra cosa: no basta con señalar al bloqueo para explicar cada límite de la legislatura.
La derecha vota no porque puede y porque huele sangre. Junts aprieta porque sabe que cada votación vale más en un Parlamento roto. Pero un Gobierno de izquierdas no puede convertir esa aritmética en coartada permanente. Tiene que elegir prioridades, asumir conflictos y dejar de vender como épica lo que a veces parece administración de supervivencia. Si la vivienda es la emergencia, que se note antes en el BOE que en el discurso. Si los cuidados son columna vertebral del bienestar, que el dinero llegue antes de que la paciencia social se agote.
La izquierda debería exigir a Sánchez más que resistencia. Resistir está bien cuando enfrente hay una coalición de bloqueo que no quiere cuentas, ni margen autonómico, ni relato de país compartido. Pero gobernar no es solo aguantar la legislatura como quien protege una vela del viento. Gobernar es cambiar la temperatura de la habitación. Y ahora mismo hay demasiada gente que escucha “España va bien” desde una habitación que no puede pagar.
Menos optimismo de despacho, más vida concreta
El balance del presidente tiene una parte valiosa: recuerda que hay proyecto frente al catastrofismo permanente. España no es el solar que dibujan algunos. No se ha hundido, no vive una ruina inevitable, no necesita que venga un salvador con motosierra. Pero el progresismo tampoco puede caer en el vicio contrario: creer que un gráfico ascendente cura por sí solo la ansiedad material de millones de personas.
La tarea para los dos años que Sánchez dice querer completar es sencilla de formular y difícil de ejecutar: convertir crecimiento en seguridad cotidiana. Que el empleo sea estable. Que la vivienda deje de ser una lotería cruel. Que los permisos y los cuidados no dependan de tener un jefe comprensivo. Que la transición ecológica no sea un eslogan para congresos, sino facturas más bajas, transporte útil y pueblos vivos. Ahí se juega la credibilidad, no en la frase de cierre.
La izquierda debería aplaudir lo que mejora vidas y morder donde el poder se acomoda. Si Sánchez quiere convencer, que no pida fe en los datos: que ponga los datos a trabajar en la cocina, en la nómina y en el alquiler. Porque un país no avanza de verdad cuando el Gobierno encuentra una buena frase. Avanza cuando la gente deja de sentir que vivir con dignidad es una heroicidad mensual.
