Bruselas ha vuelto a tocar una tecla incómoda para España: la lucha contra la corrupción no se arregla con comunicados solemnes ni con planes que suenan bien en rueda de prensa. Según la información publicada este viernes sobre el informe anual del Estado de derecho, la Comisión Europea valora pasos del Gobierno, pero reclama medidas eficaces, un organismo supervisor independiente con capacidad para investigar y sancionar, avances reales en conflictos de intereses y declaraciones patrimoniales de altos cargos, y un registro de lobistas.
Ese diagnóstico cae en plena tormenta política. Y Alberto Núñez Feijóo ha visto el hueco. El líder del PP anunció en Tenerife un “Plan de Limpieza Institucional” si llega al Gobierno, con promesas como reforzar la independencia de nombramientos públicos, regular los lobbies, impedir indultos por corrupción y reformar el suplicatorio para que ningún miembro del Gobierno pueda parapetarse en las Cortes si debe declarar ante un juez.
Cuando Europa pide controles, no discursos
La derecha tiene aquí una oportunidad evidente: convertir la regeneración en algo más concreto que el “y tú más”. Porque la corrupción no se combate solo denunciando la del adversario. Se combate cerrando puertas, poniendo incompatibilidades claras, vigilando patrimonios, regulando influencias y haciendo que las sanciones lleguen antes de que el expediente huela a museo.
El problema del Gobierno es que ya no le basta con decir que tiene un plan. La Comisión, según las crónicas de Cadena SER y El País, reconoce avances, pero habla de avances limitados y pide mecanismos más fuertes. Eso, en política, duele: significa que el PowerPoint no ha convencido del todo.
Y el problema del PP es el inverso. Feijóo puede prometer limpieza, pero tendrá que demostrar que no habla solo para desgastar a Sánchez. Si plantea independencia de órganos, que explique cómo blindará los nombramientos frente al reparto partidista. Si promete regular lobbies, que diga con qué registro, qué obligaciones y qué sanciones. Si habla de prohibir indultos por corrupción, que lo convierta en norma clara y no en frase de aplauso fácil.
La limpieza institucional empieza por aceptar límites
Desde una mirada liberal-conservadora, el fondo es bastante simple: el Estado no pertenece al partido que gana unas elecciones. Las instituciones no son una sala de máquinas para colocar fieles, tapar vergüenzas o convertir cada control en una guerra cultural. Son el sistema de frenos que impide que el poder se crea dueño del país.
Por eso importa que Bruselas insista en supervisores independientes, conflictos de intereses y lobistas. Suena técnico, sí. Pero en la práctica significa saber quién influye, quién decide, con qué intereses y bajo qué vigilancia. Significa que un alto cargo no pueda pasar de gestionar expedientes a beneficiarse de sus propias puertas giratorias sin que nadie mire. Significa que la transparencia no dependa de la buena voluntad del ministro de turno.
Feijóo ha endurecido mucho el tono contra Sánchez y su entorno. Algunas de sus frases pertenecen más al mitin que al BOE. Pero la parte interesante no está en el insulto político, sino en las medidas que puedan sobrevivir al mitin. Si el PP quiere hacer de la regeneración una bandera seria, debe aceptar una regla sencilla: los controles que hoy pide para el adversario deben valer mañana para los suyos.
Menos épica, más cerraduras
España lleva demasiados años tratando la corrupción como una serie de temporadas: aparece un caso, sube la indignación, se prometen reformas, baja el ruido y el sistema queda casi igual. Bruselas, con su lenguaje educado, viene a decir que hacen falta cerraduras mejores. No solo alarmas.
El Gobierno todavía puede acelerar reformas y demostrar que su plan anticorrupción no es un paraguas retórico. El PP puede presentar una alternativa con dientes, no solo con titulares. Y los ciudadanos tienen derecho a exigir algo básico: que nadie use la regeneración como arma arrojadiza si luego no está dispuesto a dejarse registrar los bolsillos institucionales.
La limpieza institucional no se mide por la fuerza del discurso, sino por cuánto poder estás dispuesto a quitarte a ti mismo cuando llegas arriba. Ahí estará la prueba de verdad.
