Había quien daba por hecho el vuelco. Ceuta, el verano, la cascada de titulares, el “Sánchez se cae”. Y entonces llega el CIS de septiembre y deja una foto mucho más molesta para esa película: el PSOE sigue primero, el PP casi no se mueve y quien de verdad empuja en la derecha es Vox.

No es un himno al Gobierno. Es un jarro de agua fría a la idea de que la crisis migratoria hubiera transferido automáticamente el poder a Feijóo.

Los números, sin trampa de relato

El barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas —4.042 entrevistas entre el 1 y el 4 de septiembre— sitúa al PSOE en el 31% de estimación de voto. Cae dos puntos respecto a julio (33%). Duele. Se nota. Pero sigue muy por delante del PP, que apenas pasa del 25,1% al 25,5%.

La ventaja socialista se estrecha a 5,5 puntos. En julio eran 7,9. En junio, más de 11. La tendencia baja, sí. El vuelco, no. Y conviene recordar de dónde viene el PP: en 2023 ganó con en torno al 33%. Hoy el CIS lo deja casi ocho puntos por debajo de aquella marca.

Quien sí sube con ganas es Vox: 16,6%, 1,3 puntos más que en julio. Tercera fuerza. Mientras, Sumar marca su cota más baja de la legislatura (5,7%) y Podemos repunta al 3,7%. El bloque de coalición PSOE+Sumar se queda en el 36,7%. PP+Vox, en el 42,1%. Ahí está el verdadero tablero: no un PP que arrasa, sino una derecha que solo suma de verdad cuando entra la extrema.

Ceuta pasa factura… pero no compra el Gobierno el PP

Este es el primer CIS después del verano y de la entrada masiva en Ceuta a finales de julio. El trabajo de campo es de principios de septiembre: no captura cada escaramuza de la última semana, pero sí el clima posterior al shock. El PSOE pierde dos puntos. Eso es factura. Lo que no aparece es el premio gordo para Genoa.

Porque si la tesis de la derecha moderada fuera “nosotros capitalizamos el desgobierno”, los datos no ayudan. El PP crece cuatro décimas. Cuatro. En política nacional, eso no es ola: es ruido de fondo. Vox, en cambio, sí convierte el miedo y la frontera en voto. La lectura incómoda para Feijóo se escribe sola: el desgaste del Gobierno no se traduce automáticamente en confianza hacia su alternativa.

Sánchez suspende… y aun así gana a Feijóo en la foto personal

La valoración de líderes deja a Pedro Sánchez con un 4,18 de media, su peor registro de 2026. Dos de cada tres encuestados desconfían de él (67,2%). No hay maquillaje posible: el presidente no enamora. Y sin embargo sigue primero en la lista de preferidos para presidir el Gobierno: un 25% lo menciona, frente al 13,2% de Núñez Feijóo y el 9,8% de Santiago Abascal.

Traducción de metro: mucha gente está harta… y aun así no ve a Feijóo como recambio nítido. Esa es la pesadilla estratégica del PP. Puedes gritar “agonía” cada mañana; si después tu candidato no crece ni en voto ni en preferencia, el grito se te vuelve eco.

Y el problema número uno sigue siendo el de siempre

En el mismo estudio, la vivienda continúa como primer problema de España. No es un detalle de color. Mientras la pelea del día se come a Ceuta, a Marlaska o a la última bronca en el Congreso, el bolsillo del alquiler sigue mandando en la cabeza de la gente. Si el Gobierno quiere leer el CIS con honestidad, no basta con decir “seguimos delante”: tiene que mirar por qué el descontento no se le va del todo encima y por qué el bloque de la derecha ya suma más en bruto.

La derecha mediática insistirá en Tezanos, en la “cocina” y en que el CIS es el último juguete de Moncloa. Es legítimo desconfiar de cualquier encuesta, pública o privada. Lo que no cuadra es usar el CIS solo cuando baja el adversario y romper el termómetro cuando no entrega el vuelco. Hoy el termómetro dice algo simple: hay desgaste, hay alarma migratoria, hay Vox al alza… y no hay coronación de Feijóo.

Para la izquierda del PSOE el aviso es otro. Sumar en mínimos y un espacio a la izquierda que se reordena a trompicones no es detalle menor. Seguir delante del PP no equivale a tener el ciclo controlado. Equivale a tener tiempo de descuento. Y el tiempo de descuento, en política, se gasta muy rápido si la vivienda sigue siendo el primer clavo y la coalición no encuentra cómo clavarlo mejor.