El Barómetro de julio del CIS deja una postal perfecta para discutir en cualquier barra política: el PSOE aparece primero con el 33% de estimación de voto, el PP queda en el 25,1%, Vox en el 15,3% y Sumar en el 6,1%. A simple vista, oxígeno para el Gobierno. Si se mira dos segundos más, la cosa ya no es tan cómoda.
El propio CIS publica que el 69,1% de los encuestados dice tener poca o ninguna confianza en Pedro Sánchez. Y la desconfianza hacia Alberto Núñez Feijóo es aún mayor: 79,8%. Es decir: el sondeo premia electoralmente al PSOE, castiga al PP y, al mismo tiempo, describe un país que no parece precisamente enamorado de sus líderes. Mucho voto, poca fe. Una democracia funcionando, sí, pero con el depósito emocional en reserva.
El dato que Moncloa celebrará
Para el Gobierno, la cifra central es evidente. Según la nota del CIS, el PSOE sería la fuerza más votada con un 33%, por delante del PP. Europa Press añade que los socialistas suben 1,7 puntos respecto a junio y que los populares caen algo más de dos puntos, ampliando la distancia hasta casi ocho puntos. En un mes cargado de desgaste político, ese titular es un balón de oxígeno.
También hay munición para el relato económico y social: el CIS sitúa la vivienda como principal problema de España, con un 43%, seguida de la inmigración y los problemas políticos en general. Ese dato encaja con una agenda de gasto público, vivienda y protección social que el PSOE viene defendiendo en el Congreso, incluido el mensaje de Patxi López sobre 226.000 millones para políticas públicas y 6.200 millones para dependencia.
El dato que Génova debería leer sin autoengaños
Para el PP, la encuesta es mala. Pero lo peligroso no es solo bajar. Lo peligroso es que Feijóo aparece con un nivel de confianza muy débil: apenas el 18,4% declara mucha o bastante confianza en él, frente a un 79,8% que dice poca o ninguna. La oposición puede denunciar sesgos del CIS, discutir metodología o recordar el historial polémico del organismo bajo José Félix Tezanos. Todo eso forma parte del juego. Pero no sustituye a una pregunta simple: por qué el principal partido alternativo no consigue convertir el desgaste del Gobierno en entusiasmo propio.
La derecha lleva meses trabajando sobre una idea: Sánchez está agotado, rodeado de escándalos y sostenido por socios incómodos. El problema es que, si ese diagnóstico no se traduce en mayoría social clara, queda como una mitad de argumento. Sirve para desgastar, no necesariamente para gobernar.
Una encuesta no es una elección
Hay que repetirlo porque se olvida en cuanto aparece una gráfica: una encuesta no vota. El CIS trabajó, según Europa Press, con 4.020 entrevistas telefónicas realizadas entre el 1 y el 6 de julio y un margen de error de más/menos 1,6 puntos. Es una fotografía, no una sentencia. Además, el propio sondeo recoge bolsas de abstención, indecisión, voto en blanco y encuestados que prefieren no contestar.
La lectura más prudente no es “Sánchez arrasa” ni “el CIS manipula y ya está”. La lectura más interesante es que España parece atrapada entre dos desconfianzas: una hacia el Gobierno y otra hacia la alternativa. Si el PSOE gana en estimación mientras muchos desconfían de su líder, y el PP no despega pese al desgaste del Ejecutivo, el mensaje es bastante claro: los partidos no tienen un problema de eslóganes; tienen un problema de credibilidad.
