El Congreso no necesitaba más teatro. Lo ha tenido igual. En plena sesión de control, con Pedro Sánchez de viaje en Estados Unidos y el PP a la yugular por Ceuta, la diputada popular Ana Belén Vázquez ha sacado de su escaño un bote de gas pimienta. Minutos después, Francina Armengol la ha mandado fuera del hemiciclo.

El contexto de la pregunta era Ceuta: Vázquez, portavoz del PP en Interior, recriminaba a Fernando Grande-Marlaska que vecinos —y en particular mujeres— se muevan con sprays de autodefensa tras las entradas masivas de finales de julio. Para ilustrarlo, enseñó el bote. El pleno siguió. Al terminar la réplica del ministro, la presidenta de la Cámara cortó en seco.

Armengol invocó el artículo 101 del Reglamento del Congreso y el Reglamento de Armas: los sprays de defensa personal figuran entre los objetos cuya tenencia y uso están prohibidos salvo habilitación especial. «Según el artículo 101 y el registro de armas, la botella de gas pimienta que ha enseñado la señora Vázquez es un arma», dijo. Y añadió la frase que ya viaja en bucle: lo que no se deja hacer a nadie en esa casa no lo puede hacer un diputado. Dos llamadas al orden. Salida entre aplausos de la bancada popular. Feijóo, según EFE, se quedó sentado sin aplaudir.

La diputada no se ha dado por vencida en el relato. En los pasillos sostiene que el envase es de 30 mililitros, que estaba vacío, que se vende legalmente y que no necesita licencia. «Esto no es un arma», repite. En tono más combativo, ha llegado a decir que en Ceuta es «material escolar». Anuncia recurso, entrega del espray en la comisaría del Congreso y recuerda que Gabriel Rufián exhibió casquillos sin ser expulsado. Para ella, el episodio es «surrealista».

La Presidencia del Congreso sostiene otra lectura, más fría: que un producto se venda en armería sin licencia no borra su calificación reglamentaria cuando se exhibe en el salón de plenos. No se discute solo un bote. Se discute si la Cámara tolera que un debate se convierta en atrezzo de alarma.

Hay una lectura de derecha que no debería esconderse: si la oposición cree que Ceuta vive un fallo de seguridad, debe pelearlo con datos, control parlamentario y propuestas. Convertir el hemiciclo en escaparate de aerosoles puede ser un golpe mediático, pero también regala a la Mesa el argumento de la disciplina y desplaza el foco del fondo —frontera, retornos, recursos— al accesorio. El PP aplaude el gesto; el líder no se suma al coro. Esa distancia no es menor.

Al mismo tiempo, Armengol queda expuesta al cargo de doble rasero si la Cámara no aplica el mismo rigor a todos los atrezzos. La oposición lo va a usar. Es política. Lo que no se sostiene es fingir que un spray en el escaño es un trámite inocente: el Reglamento existe precisamente para que la sede de la soberanía no se convierta en plató de objetos potencialmente peligrosos.

Al final, el misting del día deja dos perdedores potenciales: un Gobierno que prefiere hablar de “arma” antes que de Ceuta con números, y una oposición que, por ganar el clip, puede estar regalando el marco de la temeridad. El Congreso gana poco cuando el control se mide en decibelios y props.