Hay una escena que se repite en el Congreso con la puntualidad de un telediario: señorías subidas al escaño exigiendo cuentas, luz y ejemplaridad al Gobierno de turno. Está bien. Es, literalmente, para lo que están. Lo que ya no queda tan fino es que, cuando uno mira la institución por dentro, descubre que la casa que reparte lecciones de transparencia no aprueba su propia asignatura.
Lo cuenta El Confidencial sin rodeos: el Congreso suspende en transparencia e incumple todavía dos de cada tres medidas de su propio plan. No es un panfleto de la oposición ni una cuenta de la vieja hecha por un adversario. Es el balance del I Plan de Parlamento Abierto, el documento que la propia Cámara se dio para el periodo 2025-2027, con su título solemne y sus buenas intenciones. Dos de cada tres medidas, sin cumplir. Si esto fuera un examen, no habría recuperación: habría una conversación incómoda en casa.
Predicar luz y vivir en penumbra
Que conste: firmar un plan de parlamento abierto está muy bien. Es un gesto en la dirección correcta, y quien lo impulsó merece que se lo reconozcamos. El problema no es el plan; el problema es la distancia entre la foto del anuncio y la letra pequeña del cumplimiento. Porque un plan de transparencia que se queda a un tercio de camino no es transparencia: es marketing institucional con membrete oficial.
Y aquí no vale el argumento de la burocracia, ese comodín tan socorrido. Cuando una institución quiere hacer algo de verdad —aprobar unos presupuestos a la carrera, sacar adelante un decreto un martes por la tarde— resulta que sí hay agilidad, sí hay medios y sí hay voluntad. La transparencia, en cambio, siempre puede esperar. Curioso que lo urgente sea siempre lo que conviene y lo aplazable sea siempre lo que incomoda.
Quien pide cuentas debe dar ejemplo
El detalle tiene su guasa esta misma semana. Según informó elDiario.es, el PP logró con el apoyo de Junts que el Congreso reclamara a Pedro Sánchez una cuestión de confianza y su dimisión. Feijóo, con su flema habitual, dijo que había tomado buena nota. Conviene decirlo con precisión, sin trampa: esa votación es una reclamación política, un mensaje del hemiciclo, no un mandato jurídico que obligue a nadie a hacer las maletas ni a convocar elecciones mañana. Quien venda otra cosa está estirando el chicle.
Pero, como gesto, importa. Porque significa que la Cámara reivindica su papel: recordarle al Ejecutivo que no es el dueño del país, sino un inquilino con contrato temporal y sujeto a control. Esa es la esencia del parlamentarismo que a algunos nos gusta defender: soberanía del Parlamento, límites al poder, un Gobierno que rinde cuentas y no al revés. El Congreso puede, y debe, apretarle las tuercas al Ejecutivo.
Ahora bien, aquí está el nudo del asunto. La misma Cámara que exige ejemplaridad al Gobierno tiene que ser ejemplar en su propia casa. No se puede pedir luz con una mano y bajar la persiana con la otra. La autoridad moral para reclamar cuentas se gana cumpliendo primero las que uno se ha impuesto a sí mismo. Y suspender en tu propio plan de transparencia mientras exiges transparencia al de enfrente es, como poco, un problema de coherencia.
La transparencia no es un adorno
A quien defiende un Estado menos opaco, agendas públicas y decisiones que se puedan seguir a plena luz, esto no le da igual. No es una cuestión estética ni un capricho de fiscalizadores. Es la base del contrato: el ciudadano paga, el ciudadano vota y el ciudadano tiene derecho a saber qué se hace con su dinero y en su nombre. La opacidad no es neutral. Cada dato que no se publica, cada registro que se retrasa, cada medida que se archiva «por ahora» es una porción de poder que se sustrae al escrutinio de todos.
Y ojo, que esto no va de siglas. No estoy llamando corrupto a nadie por dejar a medias un plan administrativo; sería injusto y, además, falso. Va de algo más aburrido y más importante: de higiene democrática. De que las instituciones hagan lo que dicen que van a hacer. De que la palabra «transparencia» signifique algo más que un epígrafe en una diapositiva.
La solución, por cierto, no tiene misterio ni requiere una comisión de sabios. Consiste en cumplir. En coger ese plan de parlamento abierto, repasar las medidas pendientes —dos de cada tres, recordemos— y ejecutarlas sin más excusas. Sin épica, sin rueda de prensa triunfal, sin autobombo. Simplemente hacer los deberes.
Porque un Parlamento que quiere pedir cuentas al Gobierno —y hace bien en pedirlas— empieza por barrer su propio portal. Lo contrario es predicar democracia en el salón mientras se acumula el polvo debajo de la alfombra. Y esa alfombra, guste o no, la pagamos entre todos.
Fuentes y contexto
- El Confidencial: «El Congreso suspende en Transparencia: incumple aún dos de cada tres medidas de su plan» (1 de julio de 2026). fuente
- elDiario.es: «El PP logra con el apoyo de Junts que el Congreso reclame a Sánchez una cuestión de confianza y su dimisión» (30 de junio de 2026). fuente
- Congreso de los Diputados: «I Plan de Parlamento Abierto» (2025-2027). fuente
