Hay un eslogan cómodo en el debate de la vivienda: que el problema es la “especulación”, el fondo buitre y el casero malo. Puede haber de todo eso. Pero Eurostat acaba de soltar un número que no encaja con el relato de que bastaría con más control y más dedo acusador: en julio la producción de la construcción en España cayó un 9,7% interanual. En la UE, de media, el descenso fue del 1,8%.

No es un matiz. Es casi cinco veces peor que el entorno europeo.

Precios arriba, obra abajo

Cinco Días resume la contradicción sin anestesia. El precio de la vivienda marcó en el segundo trimestre un récord de 2.355 euros el metro cuadrado. Si la población crece y el stock no acompaña, el mercado no “se enfada”: se encarece. Construir menos con demanda tensa es la receta exacta para que el acceso a un piso se convierta en privilegio.

El índice de Eurostat mide el valor de lo que facturan las constructoras. No es una encuesta de humor: es actividad. Y la actividad, en España, se ha desinflado mucho más que en el resto del club.

Costes que no caben en el contrato

El presidente de la Confederación Nacional de la Construcción (CNC), Pedro Fernández Alén, pone nombres al atasco: las empresas absorben subidas de costes que no se trasladan bien a los contratos, también en obra pública. Resultado: márgenes finos, obras que se retrasan o se abandonan, y licitaciones desiertas o con una sola oferta. No es ideología de seminario; es aritmética de empresa.

Eurostat apunta además que construir viviendas costó un 3,3% más en julio respecto al mismo mes de 2025, por materiales, mano de obra, maquinaria, transporte y energía. Si el papel del contrato no admite esa realidad, el papel se queda solo en el tablón de anuncios.

El clima del sector lo confirma el propio Ministerio de Industria: el Indicador de Clima de la Construcción cayó 3,2 puntos interanuales en julio y la cartera de pedidos, 14,5 puntos. Menos pedidos, peor humor, menos casas. El círculo es aburrido y cruel.

Mano de obra: escasez con ataúd de por medio

Hay un segundo cuello de botella que la izquierda a veces prefiere enmarcar solo como “precariedad” y la derecha no debería negar: falta gente y el oficio asusta. CC OO del Hábitat recuerda la siniestralidad —1,1 por cada 100.000 afiliados, la más alta— y 103 muertes entre enero y julio, según datos del INE citados por Cinco Días. La CNC añade el envejecimiento: uno de cada cuatro trabajadores se jubilará en la próxima década y el 90% tiene más de 30 años.

Traducción práctica: aunque mañana se liberara suelo y se enderezaran las licitaciones, no hay un ejército de oficiales esperando en la puerta. Un país que necesita viviendas y no forma, atrae ni retiene a quien las levanta está haciendo política de escasez con otro nombre.

La política de la oferta, no del sermón

Desde un marco liberal-conservador la lectura es clara. Si el precio del metro pega techo y la grúa se para más que en Europa, el cuello de botella principal está en producir vivienda: plazos urbanísticos, seguridad jurídica, costes regulatorios, obra pública mal diseñada y un mercado laboral del ladrillo envejecido y peligroso.

Se puede y se debe pelear la seguridad en la obra. Se puede discutir cómo se grava el suelo o el alquiler. Lo que no se sostiene es seguir vendiendo que el problema se resuelve solo con topar rentas y señalar al tenedor mientras España construye casi un 10% menos y Europa, con sus defectos, no se despeña al mismo ritmo.

Sin obra viable no hay stock. Sin stock no hay precio razonable. Y sin precio razonable, el joven no emancipa, el funcionario no acepta plaza y el discurso moral se queda en titular. Eurostat no opina de partidos. Solo cuenta facturas. En julio, las de la construcción española salieron flacas. Eso, con la vivienda en máximos, no es una anécdota sectorial: es una alerta de país.