En Bruselas las guerras no siempre se pelean con tanques. A veces se pelean con tribunas en Politico. Este viernes, el canciller alemán Friedrich Merz y el vicepresidente económico español Carlos Cuerpo han dejado por escrito dos Europas incompatibles sobre el presupuesto de la UE para 2028-2034.
Cuerpo va solo. Merz va acompañado: Dinamarca, Países Bajos, Austria y Finlandia —el club de los frugales, contribuyentes netos— firman con él. El mensaje del norte es seco: en un mundo de restricciones, Europa no puede financiar lo nuevo sumándolo a lo viejo. “No habrá soberanía europea sin finanzas públicas sólidas”.
El choque es de cifras y de filosofía. España considera insuficiente la propuesta de la Comisión de Ursula von der Leyen —en torno al 1,15% del PIB comunitario, según el relato de El Español— y reclama subir el gasto europeo hacia el 2% para sostener PAC y cohesión y, a la vez, pagar defensa y competitividad. Alemania y aliados ven la propuesta comunitaria excesiva: un alza nominal del 60%. Piden un recorte “equilibrado” de varios cientos de miles de millones, salvando en lo posible las nuevas prioridades de seguridad, competitividad e inmigración.
El “puente” español es ingeniería financiera. Cuerpo propone no concentrar al inicio del periodo el repago de la deuda Next Generation —24.000 millones al año en el esquema de Bruselas, cerca del 8% del presupuesto— y sustituirlo por un esfuerzo más constante (~0,06% del PIB). Economía calcula que eso liberaría de golpe unos 70.000 millones en el próximo marco (unos 11.000 al año). El País ya había adelantado la pieza: rehacer el calendario de intereses para ganar margen sin pedirle mañana mismo más cuota a las capitales.
Berlín corta el melón. Aplazar el repago, dicen Merz y los frugales, “sirve de poco”: buena parte del coste son intereses que hay que pagar igual, y la deuda pandémica ya lastra el próximo marco en casi 170.000 millones. Tampoco quieren más deuda conjunta. Cuerpo insiste en Dublín, en el Ecofin informal, en un presupuesto “ambicioso” y hasta en que Bruselas pueda emitir parte de la deuda nacional para abaratar intereses —hasta 25.000 millones al año, según su tesis—. El norte responde que el endeudamiento común no es la solución.
Desde la derecha el marco no es contable: es de incentivos. España quiere más Europa de gasto mientras sigue entre los socios más presionados por deuda y tipos. Convertirse en contribuyente neto no da carné de virtuoso automático si la receta sigue siendo alargar plazos y relajar el reembolso. El acuerdo exige unanimidad de los 27. Cada capital tiene veto. El calendario aprieta: hay que cerrar antes de que el ciclo electoral de 2027 —con Francia en el centro— convierta el presupuesto en un campo de minas.
Se puede debatir si el 1,15% de la Comisión es corto para defensa y clima. No se puede fingir que “liberar” 70.000 millones con un rediseño del calendario es dinero caído del cielo. Es tiempo comprado. Y el tiempo, en deuda pública, también se paga. Merz lo ha dicho en público. Cuerpo también. La diferencia es quién cree que la factura la puede aparcar un poco más lejos.
