Si montas una empresa en España, el sueldo que prometes no es la factura completa. Hay una segunda columna —cotizaciones, recargos, mecanismos con nombre de reforma— que engorda la cuenta y no aparece entera en el bolsillo del trabajador. Esa columna es la que está disparada.

Los datos de Eurostat del segundo trimestre de 2026 marcan el tono inmediato: el coste laboral por hora sube un 4,3% interanual en España. Dentro de ese paquete, los costes no salariales (sobre todo cotizaciones e impuestos laborales netos de subvenciones) crecen un 4,4%, más del doble que los salarios (2,1%). Traducción de metro: la empresa paga más, pero una parte cada vez mayor no llega como nómina limpia.

El truco del “por 13”: no es magia, es ritmo

El Independiente ha comparado las medias interanuales de esa partida no salarial en dos etapas largas. Con Mariano Rajoy (1T 2012–2T 2018) el crecimiento medio era del 0,3%. Con Pedro Sánchez (3T 2018–2T 2026) salta al 3,8%. El ritmo se multiplica por trece.

Importa decirlo sin trampa de titular: no estamos afirmando que la cuota de 2018 se haya multiplicado por 13 en nivel absoluto. Estamos hablando de la velocidad media de subida de lo que la empresa aporta al margen del salario. Aun así, para una pyme que mira la cuenta de resultados cada mes, el efecto se siente igual: cada año el listón del “coste de tener a alguien” sube más deprisa.

El contraste europeo duele. En la etapa Rajoy España estaba entre los países donde esa partida crecía menos (media UE ~1,5%). En la etapa Sánchez la media comunitaria ronda el 3,7% y España se sitúa en el 3,8%, el quinto mayor aumento del ritmo entre periodos, solo por detrás de Grecia, Luxemburgo, Malta y Rumanía. De “barato de cotizar” a “por encima de la media” en un ciclo político.

Los salarios también suben… pero ya no ganan la carrera

Con Rajoy los salarios crecían de media un 0,6% y los no salariales un 0,3%: la remuneración iba por delante. Con Sánchez los salarios promedian un 3,2% (unas cinco veces más que entonces), pero los no salariales van al 3,8%. Se invierte el orden. El trabajador ve mejoras —y bienvenidas sean cuando hay inflación—, pero el empresario ve una cuña que engorda el coste total más rápido que el recibo del empleado.

Crónicas del mismo ciclo sitúan el coste laboral mensual en el entorno de los 3.388–3.400 euros por trabajador. Da igual el decimal exacto del titular: la dirección es la misma y el récord se repite trimestre a trimestre.

No todo es el ciclo: también es el BOE

José Ignacio López Sánchez, catedrático de la CEU San Pablo, lo resume sin dramaturgia de tertulia: hay macroeconomía (crisis previa, pandemia, inflación por la guerra de Ucrania, rebote del empleo) y hay regulación. Subidas del SMI; el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI); bases máximas más altas; y, desde 2025, la cuota de solidaridad sobre salarios que superan la base máxima. El diseño de la reforma de pensiones de José Luis Escrivá —hoy en el Banco de España— buscaba meter más dinero en el sistema ante el baby boom jubilado. El efecto colateral es evidente: más carga asociada al empleo.

Se puede defender el objetivo (caja de pensiones más gruesa). Lo que no se puede es vender la moto de que “no pasa nada” en el tejido productivo. Cada punto de cotización extra es una contratación que se retrasa, un plus que no se da o un autónomo que no da el paso a primer empleado. La izquierda lo llama “corresponsabilidad”. En la contabilidad se llama coste.

Marco liberal: empleo primero, eslóganes después

Un país serio financia pensiones con crecimiento, empleo amplio y reglas predecibles, no solo con apretar la tuerca a quien firma contratos. Si el mensaje al inversor es que la parte no salarial corre más que el sueldo y más que la media europea, no extraña que muchas pymes vivan al límite del miedo a contratar.

La pregunta al Gobierno no es si le gusta el Estado del bienestar —a casi todos nos gusta llegar a viejos con una pensión—. La pregunta es si puede seguir cargando la factura del sistema casi en exclusiva sobre el factor trabajo sin mirar gasto, fraude, productividad e incentivos. Porque el recibo ya no lo paga “el capital abstracto”: lo pagan talleres, bares, clínicas y startups que hacen números con calculadora, no con mitin.

Eurostat no milita. Solo mide. Y lo que mide estos días es una España donde contratar sale cada vez más caro al margen de la nómina. Quien lo niegue, que abra la tabla y señale la celda donde pone lo contrario.