Hubo un momento el miércoles en que la política española hizo algo que no hace casi nunca: callar. El PSOE suspendió su agenda del día y el acto de Sánchez del jueves en Vitoria. El PP paró en seco —Feijóo interrumpió una entrevista en Barcelona y canceló la visita con Albiol—. El Frente Amplio canceló las comparecencias de Bustinduy en Avilés y de Urtasun en Lleida. Podemos anuló sus compromisos. Belarra y Montero pidieron, sencillamente, no molestar a los servicios de emergencia. Toda la política, o casi, se hizo a un lado ante el accidente ferroviario de Urda.

Casi toda.

Vox siguió. Santiago Abascal mantuvo sus mítines en Santander y Valladolid. Y cuando alguien le preguntó por qué, respondió con esa frase que ya circula sola: «Lo que algunos tienen que suspender no es la campaña, sino los bailecitos. En Vox no estamos de fiesta, estamos trabajando».

Cójala. Léala otra vez. Ahí está todo.

No es una defensa de seguir en campaña. Es un ataque disfrazado de duelo. Es decirle al resto del país: vosotros hacéis bailecitos, nosotros curramos. Con decenas de muertos en la línea Madrid-Andalucía todavía sin recuento definitivo, con las cajas negras bajo secreto de sumario decretado por la jueza de Orgaz, con el Rey Felipe VI recortando agenda desde Bétera para dar el pésame a García-Page, Abascal convirtió una tragedia colectiva en una línea de ataque contra el Gobierno. Hay que reconocerle consistencia, al menos. Es lo que lleva haciendo toda la legislatura.

El accidente de Urda —choque entre un AVE de Renfe y un convoy de Iryo en la línea Madrid-Andalucía, el martes 28 de octubre— dejó un balance en evolución que los medios siguen actualizando hora a hora: decenas de fallecidos y heridos. No es un número para poner en un tuit de campaña. Es una catástrofe.

Y la respuesta política mayoritaria fue la esperable en cualquier democracia adulta: parar el ruido. No porque lo exija el protocolo. No porque ninguna norma obligue a ningún partido a apagar los micrófonos. Sino porque hay momentos en que seguir con el atril montado es, sin más, una falta de respeto hacia la gente que está trabajando en el lugar del siniestro y hacia las familias que esperan noticias.

Eso lo entendieron en Cibeles, donde la FEMP convocó cinco minutos de silencio con Ayuso, Almeida, Feijóo, Maroto y Espinar presentes. Lo entendió Feijóo, que interrumpió una entrevista en Barcelona. Lo entendió Colau, que expresó su consternación. Lo entendió Sánchez, que suspendió su agenda y se puso en contacto con el ministro Óscar Puente y con el presidente de Castilla-La Mancha.

Abascal no lo entendió. O no quiso.

Aquí la mesa progresista no va a caer en la trampa de llamarle «inhumano» o «monstruo». Eso es exactamente lo que quieren: que les pongas el cartel para poder decir que les persiguen. Lo que Abascal hizo el miércoles no es un crimen. Es una elección política. Y las elecciones políticas se juzgan.

La suya dice esto: el duelo colectivo es un instrumento. Si me sirve para atacar al Gobierno —los «bailecitos» son un guiño envenenado a las críticas por el tono festivo de ciertos actos del PSOE—, lo uso. Si no me sirve, lo ignoro. El luto, en la lógica de Vox, no es una pausa ante el dolor ajeno. Es una herramienta retórica que se activa cuando conviene y se guarda cuando no. Eso tiene un nombre: cinismo. No ilegal, no perseguible. Cinismo.

Y en campaña —porque esto ya es campaña, aunque la ley la llame precampaña— el cinismo tiene un coste. La pregunta es si el electorado de Vox va a leer la actuación de Abascal como esa «valentía» que tanto le gusta vender, o si va a ver lo que es: un partido incapaz de hacer silencio cuando el país lo necesita.

Hay un detalle más que no conviene perder de vista. En Cibeles, durante el minuto de silencio, apareció también una pancarta de Solidaridad —el sindicato del entorno de Vox— pidiendo la dimisión de Óscar Puente. Es decir, el mismo ecosistema que rodea a Vox aprovechó el momento de recogimiento para hacer campaña. No con micrófono, sino con tela. La forma cambia; el fondo, no tanto. No lo traemos como equivalencia moral. Lo traemos como contexto: el luto en esta precampaña ya tiene dueños en disputa, y eso, con el 29-N a menos de un mes, anuncia hacia dónde van a ir las próximas semanas.

Las elecciones del 29 de noviembre se juegan, entre otras cosas, en la decencia cotidiana. En cómo los partidos se comportan cuando la agenda les obliga a elegir entre el atril y el silencio. Ayer, la mayoría eligió el silencio. Vox eligió el atril, y además lo justificó con un insulto velado al resto. Eso no se va a olvidar fácilmente. Al menos no en esta mesa.

Diario de precampaña, día veintiuno. Tesis de esta mesa: cuando el luto colectivo se convierte en ariete electoral, lo que se rompe no es el protocolo sino el pacto mínimo de convivencia que hace posible la política. Abascal no cometió un delito. Tomó una decisión. Y las decisiones, en campaña, se votan.