Hay palabras que el Gobierno evita. «Recortes» es una de ellas. Pero esta semana, sin decirlo en voz alta, ha puesto la primera piedra.
El Ejecutivo ha fijado los objetivos de estabilidad presupuestaria y la senda de deuda pública para 2026-2028. En cristiano: cuánto puede la España gastar y cuánto debe. El Pleno del Congreso lo ha debatido y votado. Y el número que lo resume todo es este: un techo de gasto no financiero para el Estado de unos 216.177 millones de euros en 2026.
Suena a mucho dinero. Y lo es. Pero la pregunta no es cuánto. Es quién decide. Y la respuesta incomoda.
Quién manda aquí
Esta hoja de ruta no se ha escrito en Madrid. Se ha escrito en Bruselas.
Las nuevas reglas fiscales de la UE marcan el ritmo. España las asume para evitar sanciones y para mantener el déficit a raya. El Gobierno lo presenta como sentido común europeo. Como pura responsabilidad.
Pero llamemos a las cosas por su nombre. Cuando otro decide tu presupuesto, tu margen se estrecha. Y el margen que se estrecha aquí no es un concepto abstracto. Es el de las políticas que llegan a la gente.
Primero se aprueba el número. Después se decide a quién se le quita para llegar a él.
la letra pequeña
Un techo de gasto es una promesa de contención. Y contener significa elegir. Elegir qué se financia y qué se deja fuera.
Ahí aparece el riesgo real. Cuando toca apretar, los primeros candidatos suelen ser siempre los mismos: la sanidad y la educación. No porque sobren. Porque son las partidas más grandes y las más fáciles de recortar en diferido, sin titulares, a base de listas de espera que crecen y aulas que se quedan sin desdoblar.
Nadie firma un cartel que diga «menos médicos». Se hace de otra forma. Se congela. Se aplaza. Se deja caer.
Ceder no es gobernar
El discurso oficial repetirá la palabra «estabilidad» como un mantra. Y la estabilidad está the bien. Pero estabilidad no puede significar rendirse.
Un país serio negocia con Bruselas. No le entrega la llave de su propia despensa. La dependencia excesiva de la agenda europea tiene un precio, y ese precio se paga en inversión que no se hace, en crecimiento que no llega, en servicios que se van desgastando poco a poco.
Priorizar el balance sobre la gente es una decisión. Legítima, si se defiende de cara. Cobarde, si se disfraza de tecnicismo.
La pregunta que queda
2026 es solo el principio. La senda llega hasta 2028. Tres años de cuentas ajustadas al milímetro europeo.
La duda no es si se cumplirán los números. Seguramente sí. La duda es a costa de qué. Y, sobre todo, a costa de quién.
Porque los recortes que no se nombran también existen. Solo que tardan un poco más en dolerte.
