En Génova ya no fingen que esto sea una legislatura para administrar. Fuentes del PP reconocen a Europa Press que miran 2027 como «batalla definitiva» y, más crudo todavía, como «revancha» tras quedarse a las puertas de Moncloa en 2023. El mensaje de fondo que trasladan es simple: el eslogan del miedo a la ultraderecha, según ellos, está amortizado.

La tesis popular es que Pedro Sánchez quiere reabrir el manual de 2023 —derecha mimetizada con la ultra, coalición progresista como dique europeo— aprovechando el viento de Sajonia-Anhalt y la victoria de AfD en Alemania. El propio presidente, ante el Grupo Socialista, se presentó como «punta de lanza» de las políticas progresistas y lanzó el «el mundo nos mira». En el PP contestan que eso es polarización de manual y que «ya no cuela».

Como prueba de caducidad del relato, Génova apunta a las cuatro autonómicas del último año, con el PP como fuerza ganadora, y traza una comparación a medida con Alemania. Friedrich Merz gobernó con el 28,5% de febrero de 2025 en coalición con la socialdemocracia; Feijóo, con más del 33% en España, no entró en Moncloa. Conclusión interesada, pero explícita: «El Gobierno de España pasa por el Partido Popular» y, aseguran, no hay riesgo real de sorpasso de Vox al estilo sajón.

El contraste con Vox es la otra mitad del argumentario. Pese a la subida que marcan las encuestas, el PP sostiene que «mantiene a raya» a Abascal y que el crecimiento ultra no le come el pan principal. «Somos el Partido Popular más potente de Europa», sueltan fuentes de la dirección. Es un mensaje para dos públicos a la vez: al votante moderado, para que no tema un vuelco; y al propio partido, para que no se obsesione con la competencia por la derecha.

La precampaña, eso sí, no viaja solo en abstracto. Feijóo ha movilizado al comité de dirección para recorrer provincias y se reserva una agenda autonómica completa. El próximo fin de semana vuelve a Cataluña, donde el PP solo tiene seis diputados —cinco por Barcelona y uno por Tarragona— y aspira a crecer en Barcelona y a pisar Lleida y Girona. Menos de 300 días para unas generales, según el propio marco temporal que manejan en Génova, no da para turismo político: da para mapa de escaños.

También hay disciplina de relato. El jueves, Feijóo mandó un WhatsApp a barones y cargos erigiéndose en «mando único comunicativo»: prudencia, coordinación y línea de Génova, sin improvisaciones. En privado, un vicesecretario describe la legislatura como «agotada» y al Gobierno como «muerto», y descarta por ahora la moción de censura. No por generosidad: porque prefieren que el Ejecutivo «se cueza» con Ceuta, los avisos del CNI y la acumulación de frentes, sin regalarle un atajo de polarización institucional.

El PP no esconde el vínculo electoral con la crisis de Ceuta. Fuentes de la cúpula dicen que «lo que da miedo es Sánchez» y cargan contra su «inacción» y «mentiras» en política migratoria. Feijóo ya advirtió en el Congreso que pagará «ante la Justicia y en las urnas». Esa parte del discurso mezcla hecho noticiable —la crisis existe y domina la agenda— con atribuciones de intención y culpa que siguen abiertas en sede política y judicial. Aquí se citan como posición del PP, no como veredicto.

La lectura conservadora del movimiento es nítida: si el Gobierno necesita el fantasma ultra para cohesionar su bloque, la oposición necesita demostrar que puede ganar sin disfrazarse de otra cosa y sin regalar protagonismo a Vox. Por eso la «batalla definitiva» no es solo un eslogan de vestuario. Es una apuesta de calendario, de mapa territorial y de control de micrófono. Veremos si el electorado compra el final de la película del miedo… o si el miedo, como casi siempre en política española, solo cambia de destinatario.