Alberto Núñez Feijóo ha decidido pisar el acelerador interno. Según Europa Press, el líder del PP quiere tener al partido “completamente listo y preparado” para las próximas elecciones generales y ya ha puesto fechas a una parte importante de esa maquinaria: el 18 de julio para proclamar candidatos a alcaldías y septiembre para los candidatos autonómicos.
Traducido a política de calle: el PP no quiere llegar a la campaña con las sillas por colocar. Quiere nombres, equipos y relato antes de que Moncloa marque el calendario. Y ese movimiento dice bastante de cómo lee Génova la legislatura: como una cuenta atrás, no como una espera tranquila.
Preparar candidatos también es presionar al Gobierno
Una oposición puede pedir elecciones todos los días o puede hacer algo más eficaz: comportarse como si las elecciones ya estuvieran en marcha. Eso es lo que intenta Feijóo. Ordenar candidaturas municipales y autonómicas no garantiza ganar nada, pero sí evita una escena típica de los partidos grandes cuando huelen poder: barones esperando, familias internas midiendo fuerzas y territorios negociando hasta el último minuto.
Desde una lectura liberal-conservadora, el gesto tiene sentido. Si el PP sostiene que el Gobierno está agotado, rodeado de ruido judicial y sin una mayoría cómoda para sacar adelante sus grandes planes, entonces su obligación no es solo denunciarlo. También tiene que enseñar que existe una alternativa lista para gobernar, con estructura y con cuadros.
El riesgo: que la prisa parezca ansiedad
La jugada, eso sí, no sale gratis. Activar tan pronto el modo urnas puede proyectar fortaleza, pero también ansiedad. Si el calendario electoral real se aleja, el PP tendrá que mantener durante meses una tensión de campaña sin quemar a sus candidatos ni convertir cada debate local en un plebiscito nacional permanente.
Además, proclamar nombres abre otra puerta: cada candidato será examinado por su territorio, por sus adversarios y por los propios equilibrios internos del partido. La disciplina que ahora busca Feijóo puede convertirse en ruido si alguna designación reabre guerras locales o deja fuera a sectores que esperaban premio.
La derecha intenta ocupar el terreno de la normalidad
El mensaje de fondo es claro: frente a un Gobierno que intenta recuperar iniciativa con vivienda, financiación autonómica, dependencia o Presupuestos, el PP quiere vender orden. No la épica de la pancarta, sino la idea de que hay un partido con calendario, estructura y ganas de llegar a la Moncloa sin improvisar.
La derecha lleva tiempo repitiendo que España necesita estabilidad institucional. Ahora Feijóo intenta vestir esa idea con una decisión concreta: tener a los candidatos preparados antes de que suene el silbato. Puede parecer una cuestión de fontanería partidista, pero en política la fontanería importa. Los gobiernos no se improvisan el día después de votar.
El punto débil sigue siendo el mismo de siempre: el PP necesita que su preparación no dependa solo del desgaste de Sánchez. Si todo el relato se apoya en que el Gobierno cae por su propio peso, la campaña puede quedarse en espera pasiva. Si, en cambio, las candidaturas sirven para poner caras a una alternativa y explicar qué haría distinto cada territorio, la operación tendrá más recorrido.
De momento, Feijóo mueve ficha. Y lo hace con una señal muy reconocible: menos tertulia sobre cuándo serán las elecciones y más partido preparado para cuando lleguen.
