España vuelve a hacer una cosa muy nuestra: discutir quién tiene la culpa de los hidroaviones mientras el país mira al monte con miedo. La pelea política de este viernes gira alrededor de una flota apagafuegos que lleva años funcionando como metáfora perfecta: todos la necesitan, todos la citan, pero casi nadie quiere hacerse cargo de la foto completa.
El País publica que solo uno de los 14 hidroaviones apagafuegos que opera el Ejército del Aire fue comprado durante gobiernos del PP. El dato entra de lleno en una batalla de relato entre partidos: unos acusan al Gobierno actual de llegar tarde, otros responden recordando quién renovó —o no renovó— los medios durante años. El resultado para el ciudadano es bastante menos épico: cuando arde el monte, da igual el argumentario si el avión no está listo.
Greenpeace añade otro plano al debate: la organización vincula los grandes incendios con negligencias, olas de calor, paisajes cada vez más inflamables y una clase política polarizada. No es un detalle menor. España puede comprar más medios de extinción, y debe planificar mejor su flota, pero si solo habla de apagar y no de prevenir, llegará tarde cada verano.
La lectura desde la izquierda debería ser incómoda incluso para el Gobierno. No basta con desmontar un bulo o corregir una acusación del PP. Gobernar significa anticiparse, renovar material, cuidar el territorio, invertir en prevención y explicar con claridad qué parte corresponde al Estado, qué parte a las comunidades autónomas y qué parte a una emergencia climática que ya no cabe en discursos de “verano complicado”.
La derecha también tiene una responsabilidad evidente. Si cada incendio se convierte en una rueda de prensa contra Sánchez, pero nunca en una conversación seria sobre abandono rural, prevención forestal, presupuestos autonómicos y adaptación al calor extremo, entonces tampoco está ofreciendo una alternativa: está vendiendo humo sobre humo.
El problema de fondo es que la política española adora el marcador de culpas porque es barato. Un hidroavión comprado por uno, otro heredado por el otro, una foto antigua, una frase sacada de contexto. Todo eso sirve para ganar una mañana en redes. No sirve para limpiar cortafuegos, profesionalizar campañas, coordinar administraciones o renovar una flota que opera en condiciones cada vez más exigentes.
Conviene no exagerar: de las informaciones disponibles no se puede concluir que un partido concreto sea el único responsable de la situación ni que una decisión aislada explique todos los incendios. Tampoco se puede prometer que más aviones resuelvan por sí solos una crisis que mezcla clima, territorio, gestión forestal y recursos públicos. Lo que sí se puede decir es más simple: España no puede seguir tratando la extinción como una batalla estacional y la prevención como una nota al pie.
Los incendios no esperan a que la política termine de repartir culpas. El fuego no distingue entre gobiernos de ayer y gobiernos de hoy. Y el ciudadano que ve humo al fondo no necesita una guerra de capturas: necesita medios, prevención y un país que haya hecho los deberes antes de que llegue la ola de calor.
