Hasta hoy, la ley permitía que la patria potestad fuera un terreno gris donde el maltratador podía seguir ejerciendo un control psicológico devastador sobre la madre a través de los hijos. El Consejo de Ministros ha aprobado un proyecto de ley que intenta romper ese ciclo: la privación automática de la patria potestad en caso de condena firme por delitos graves contra la mujer o sus descendientes.
La violencia vicaria no es un accidente; es una estrategia. El agresor no ataca al hijo por odio al niño, sino para herir a la madre en el lugar donde más duele. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha sido clara: "un maltratador, una persona violenta nunca puede ser un buen padre". Esta frase, que para algunos resultará radical, es la base de una protección real que prioriza la seguridad del menor sobre la presunción de un vínculo afectivo ya roto por la violencia.
No es solo cuestión de sentencias, es cuestión de vida
La norma no se queda solo en la patria potestad. Introduce la obligación de escuchar al menor antes de fijar la guardia y custodia y suspende regímenes de visitas cuando haya indicios racionales de violencia. Son medidas que llegan tarde, pero que son fundamentales para evitar que la justicia sea el escenario donde el maltratador siga torturando a la víctima.
El proyecto modifica diez normas, incluyendo la Ley Integral contra la Violencia de Género. En un clima político donde se pretende revertir derechos y negar la especificidad de la violencia machista, este proyecto es una muralla necesaria. No se trata de "atacar a los padres", sino de proteger a los hijos de la sombra de un agresor.
