Juanma Moreno ya tiene el pacto con Vox firmado, la investidura cerrada y el Gobierno andaluz en fase de aterrizaje. La pregunta ahora no es si Vox entra: entra. La pregunta es cuánto manda. Según publica El Mundo, el presidente andaluz quiere diseñar la nueva estructura del Ejecutivo para diluir el peso real de Manuel Gavira, dirigente de Vox, de forma que sea número dos sobre todo a efectos de protocolo.
La operación, si se confirma en el decreto de estructura que debe publicar el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, es política pura. Moreno necesita a Vox para gobernar, pero no quiere que el acuerdo borre la marca que lleva años vendiendo: moderación, gestión y “vía andaluza”. Traducido: que Vox aparezca en la foto lo justo para sostener la mayoría, pero no tanto como para ocupar el centro del cuadro.
Gobernar con Vox sin parecer gobernado por Vox
Desde una mirada liberal-conservadora, la jugada tiene lógica. El PP andaluz no puede actuar como si Vox fuese un invitado accidental cuando sus votos sostienen la legislatura. Pero tampoco puede regalarle la narrativa de que la Junta cambia de dueño. En política, los organigramas también hablan. Una vicepresidencia puede ser mando efectivo o puede ser silla noble con poca llave.
El Mundo apunta que Moreno baraja una vicepresidencia adicional, de fuerte peso político y de coordinación, que podría recaer en Antonio Sanz, actual consejero en funciones de Sanidad, Presidencia y Emergencias. También se menciona la posibilidad de una segunda vicepresidencia de carácter económico. El mensaje es bastante claro: Gavira puede tener rango, pero el motor del Gobierno seguiría bajo control popular.
La factura de pactar con quien quiere cobrarse cada voto
Vox tampoco entra gratis. Su negocio político consiste en demostrar a sus votantes que arranca cesiones y no se limita a aplaudir al PP desde la esquina. Por eso la estructura final importará tanto como los discursos. Si la vicepresidencia de Gavira queda reducida a representación, Vox tendrá que decidir si presume de entrada histórica o si empieza a enseñar los dientes desde dentro.
Para Moreno, el riesgo está en el equilibrio. Si encierra demasiado a Vox, puede provocar ruido constante y convertir cada consejo de gobierno en una negociación. Si le da demasiado aire, puede perder el electorado moderado que le ha permitido ensanchar el PP andaluz. Ese es el precio de una coalición a la derecha: suma escaños, pero también trae una segunda agenda en la maleta.
La izquierda encontrará aquí munición fácil: dirá que la vía andaluza se ha rendido a Vox. El PP responderá que lo importante es la estabilidad. Ambos tendrán parte de razón y parte de teatro. Lo verificable, de momento, es que Moreno intenta blindar el mando efectivo antes de que el socio convierta su entrada en una demostración de fuerza.
Andalucía se convierte así en laboratorio nacional. Si el PP aprende a pactar con Vox sin parecer rehén, Feijóo tendrá un manual para Moncloa. Si el experimento acaba en bronca permanente, será una advertencia: a veces el socio pequeño no necesita muchas consejerías para condicionar todo el gobierno. Le basta con que el grande tema perderlo.
