Emiliano García-Page ha vuelto a hacer lo que Ferraz menos necesita: decir en voz alta lo que muchos socialistas comentan en voz baja. El presidente de Castilla-La Mancha sostiene que el PSOE atraviesa una crisis de credibilidad sin precedentes en democracia y resume su crítica al liderazgo actual con una frase diseñada para abrir telediarios: “El proyecto de Sánchez es Pedro”.
La acusación no es menor porque no llega desde la oposición, sino desde uno de los pocos barones socialistas que aún gobiernan con músculo propio. Page no habla como tertuliano enfadado ni como exdirigente resentido. Habla desde una comunidad donde el PSOE sigue teniendo poder territorial y desde una posición que incomoda: la de quien puede criticar a Sánchez sin que Ferraz pueda despacharlo como simple ruido de la derecha.
El problema ya no es solo la corrupción
Según la entrevista recogida por Infobae, Page cree que los casos de presunta corrupción han agravado una ruptura que venía de antes. A su juicio, parte del electorado ya se había alejado por incumplimientos electorales y por alianzas que él considera “contra natura”. Es una lectura dura para Moncloa porque desplaza el debate: no se trataría solo de apagar incendios judiciales, sino de admitir un desgaste político acumulado.
El presidente castellanomanchego dice que muchos ciudadanos ya no reconocen al PSOE. Esa frase duele más que cualquier encuesta porque apunta a la identidad del partido. No habla solo de votos perdidos, sino de marca dañada, de una sigla que durante décadas funcionó como refugio emocional para millones de votantes y que ahora aparece, en su diagnóstico, pegada al destino personal del presidente.
Elecciones o búnker
Page pide afrontar el veredicto de los ciudadanos y rechaza prolongar la legislatura por miedo al resultado. Demócrata añade que el barón reclama elecciones antes de mayo y acusa a Sánchez de anteponer su continuidad a la del PSOE. Moncloa, por ahora, mantiene el calendario: legislatura hasta 2027, presupuestos como objetivo y Pedro Sánchez dispuesto a volver a presentarse.
La tensión está servida. Si Sánchez aguanta, Page podrá decir que el partido llega a las municipales y autonómicas cargando con el desgaste nacional. Si Sánchez adelanta, Ferraz asumiría que la legislatura se ha quedado sin oxígeno. Ninguna salida es limpia. Por eso el mensaje del barón pesa: no ofrece una solución cómoda, pero sí pone nombre al miedo socialista.
Ferraz mira al territorio
Las elecciones de mayo de 2027 son el telón de fondo. Alcaldes, presidentes autonómicos y candidatos territoriales no quieren convertirse en pararrayos de una crisis que no controlan. Page insiste en que el PSOE debe poner primero a examen el liderazgo nacional antes de arrastrar al resto del partido. Esa es la batalla real: quién paga la factura si el ciclo se rompe.
También hay una pelea ideológica. Page se presenta como defensor de una socialdemocracia reconocible frente a un “sanchismo” que, según él, ha desplazado al socialismo tradicional. Puede sonar a nostalgia, pero políticamente es una acusación afilada: que el partido ya no discute qué país quiere, sino cómo sobrevive su líder.
La dirección socialista puede minimizarlo, recordar que Page lleva años marcando distancia o acusarle de alimentar a la oposición. Pero hay algo que no puede borrar: cuando una crítica así sale de dentro, cada silencio del resto de barones suena un poco más alto.
