El Senado ha dejado de ser esa cámara que muchos ciudadanos solo recuerdan cuando toca elegir papeletas de color salmón. Con la mayoría absoluta del PP, la Cámara alta se ha convertido en una sala de máquinas política: comisiones de investigación, comparecencias en pleno verano, leyes que salen hacia el Congreso aunque luego encallen y una oposición que no quiere bajar el volumen ni en julio.

El último botón lo da la propia agenda del Senado: la comisión sobre los contratos vinculados a Koldo García tiene citada para el miércoles 22 de julio a Cristina Narbona, diputada y presidenta del PSOE, para informar sobre el objeto de la investigación. No es una condena, ni una prueba judicial, ni un veredicto. Es política parlamentaria en estado puro: llamar, preguntar, televisar y mantener vivo el foco.

Una mayoría que sí sirve para hacer ruido

La Cámara alta tiene límites claros. En el sistema español, la última palabra legislativa suele estar en el Congreso. Pero eso no significa que el Senado sea irrelevante. Según el balance publicado por El País, el PP ha impulsado en esta legislatura más comisiones de investigación que nunca en la Cámara alta y ha sacado adelante decenas de iniciativas propias, las llamadas “leyes Feijóo”, aunque muchas queden después bloqueadas o pendientes en la Cámara baja.

Desde la izquierda, el asunto tiene una lectura incómoda pero necesaria. La mayoría absoluta del PP no está construyendo una alternativa social desde el Senado: está construyendo un escenario. El problema es que ese escenario funciona. El Gobierno llega tocado por casos e investigaciones que afectan al entorno socialista, el Congreso está fragmentado y cada comparecencia en el Senado ofrece a Génova un titular limpio: nosotros preguntamos, ellos se explican.

Control parlamentario o plató permanente

El control al Gobierno es legítimo. Una democracia necesita oposición, preguntas duras y comisiones que no se asusten ante nombres importantes. Pero también hay una frontera entre investigar y convertir cada sesión en un tráiler electoral. Cuando una cámara se usa casi solo para producir munición política, el ciudadano puede acabar viendo mucho ruido y poca solución.

Ahí está la trampa. El PP puede vender actividad, presión y limpieza institucional. El PSOE puede denunciar una estrategia de desgaste. Y entre medias queda una pregunta más básica: qué aporta todo esto a quien espera una ley, un presupuesto o una respuesta concreta. Si el Senado solo sirve para que un bloque grite “corrupción” y el otro grite “persecución”, el parlamentarismo se achica.

La cita de Narbona será otro capítulo de esa guerra. Conviene mirar el dato frío: comparecer no equivale a estar acusado de nada. También conviene mirar el dato político: el PP ha encontrado en la Cámara alta una herramienta de oposición mucho más útil de lo que muchos imaginaban. No gobierna desde allí, pero marca agenda. Y en una legislatura débil, marcar agenda ya es media victoria.