Hay vacíos que se notan en el Congreso y otros que se notan en la calle. El de Sumar es de los dos. Han pasado más de 200 días desde que Yolanda Díaz anunció, el 25 de febrero de 2026, que no repetiría como candidata a las generales. El socio minoritario del Gobierno sigue sin cara electoral. Y en privado, según El Mundo, la frase que más se repite ya no es de ilusión: «vamos tarde».
El mensaje oficial insiste en la calma: se trabaja en “muchas cosas” y el nombre llegará. La nueva fecha de consuelo son las primeras semanas de octubre. Antes se habló de mayo, de junio y de septiembre. Incluso IU apretó en su día para tener liderazgo listo en abril. El calendario se mueve; el atril, no.
La lista de los que no quieren el trono
No es un detalle menor. El Mundo sitúa una ristra de rechazos al liderazgo de la nueva alianza: Pablo Bustinduy, el gran favorito de las cuatro piezas del puzzle, por razones personales; Ernest Urtasun, que rehúye el mando de la coalición aunque se especula con que pueda ir de número uno de Comunes por Barcelona; Ada Colau y Alberto Garzón, sondeados para un regreso que no aceptaron.
Cuando los nombres “naturales” dicen que no, lo que queda no es misterio estratégico: es escasez de proyecto con dueño. Y poner de acuerdo a IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y Comunes no es un trámite de despacho. Es cuatro lógicas, cuatro agendas y un miedo compartido a repetir el ciclón de hiperliderazgos que ya les explotó encima.
Podemos huele la silla vacía
Mientras el pack dilata, Irene Montero ha vuelto a marcar el ritmo. El 12 de septiembre anunció que se presentará a las generales con unas primarias «abiertas a todo el mundo»: pueda votar quien quiera y pueda presentarse quien se atreva. Ione Belarra la arropó con el relato de “madre luchadora”. Pablo Iglesias ha dejado claro el marco: sin complicidad ni confianza, no hay “acuerdo de sillones”; hay que medirse.
La respuesta del otro lado llegó el 14 de septiembre por boca de Rosa Martínez, portavoz del espacio de los cuatro. Prioridad: acuerdos entre partidos, no el atajo de primarias abiertas. Dijo haberse enterado de la oferta de Montero por la prensa. No hay, de momento, negociación con Podemos. Traducción política: cada uno construye su tablero y el reloj electoral no espera a que terminen de montarlo.
Nueva marca, mismo agujero
Hasta el nombre tiembla. Sumar, según ese relato interno, se extingue con Díaz. Habrá otra marca y otra imagen. Lo que no hay es fecha segura ni cara. Se quiere un espacio estable que no se refunde cada ciclo. Se quiere evitar el culto al líder. Se quiere revalidar Gobierno. Y se quiere, de paso, convencer a un electorado que ya ha visto demasiadas refundaciones con PowerPoint y pocas con resultados.
La lectura de mesa es incómoda para la izquierda del Ejecutivo y útil para quien mira el bloque desde fuera: un socio de coalición que negocia leyes y presupuestos sin saber aún quién pedirá el voto dentro de meses —o menos, si hay adelanto— es un socio en precario. Los portazos no son anécdota de pasillo. Son el síntoma de un espacio que pelea el método (primarias vs. pacto de partidos) porque todavía no ha cerrado el fondo: para qué sirve y quién lo encarna.
Octubre es el nuevo “ya casi”. El problema no es el mes. Es que cada aplazamiento confirma lo mismo: sin candidato, la coalición gobierna a medias y hace oposición a medias… incluso contra sí misma.
