El Consejo de Ministros ha aprobado un techo de gasto de 226.032 millones de euros para 2027, un 6,6% más que el año anterior. La cifra es récord. La palabra también. Récord suena a medalla, a aplauso, a Gobierno fuerte. Pero en política presupuestaria conviene mirar siempre el reverso: un techo más alto no significa automáticamente un país mejor gestionado.

La Moncloa defiende que ese límite de gasto permitirá reforzar vivienda, becas, dependencia, investigación y políticas contra la violencia machista. RTVE, EFE y Europa Press han recogido la magnitud central del acuerdo. Hasta ahí, el hecho. A partir de ahí, empieza la pregunta que el Gobierno suele contestar con mucha épica y poca letra pequeña: ¿con qué ingresos, con qué prioridades y con qué controles?

El dinero público no aparece por generación espontánea

La izquierda suele hablar del gasto como si fuese una prueba de humanidad. Más gasto, más sensibilidad. Menos gasto, crueldad. Es una caricatura cómoda. El problema es que cada euro público sale de algún sitio: impuestos presentes, deuda futura o recortes en otra esquina del presupuesto. Y cuando el Estado se acostumbra a llamar inversión a todo, la vigilancia ciudadana se vuelve más necesaria, no menos.

No se trata de negar que haya necesidades reales. La vivienda está tensionada, las becas importan, la dependencia no puede esperar eternamente y la justicia necesita recursos. Pero mezclar todas esas causas en un gran paquete emocional no convierte automáticamente el techo de gasto en una buena política. Solo lo convierte en una apuesta enorme que exige resultados medibles.

El Congreso debería bajar el volumen y subir el bisturí

Esta semana hay pleno en el Congreso, según el calendario oficial. Si el Ejecutivo quiere convertir el techo en Presupuestos, tendrá que sumar apoyos y aceptar exigencias. Ahí es donde la oposición y los socios parlamentarios deberían dejar de jugar al teatro previsible y entrar al detalle: qué se financia, qué sobra, qué programa ha fracasado y qué promesa se paga dos veces.

La fiscalización no es antipatriótica. Tampoco es “estar contra el Estado del bienestar”. Es exactamente lo contrario: si un servicio público es importante, no puede gestionarse como un saco sin fondo. Un país serio no mide su ambición por el tamaño del titular, sino por la capacidad de gastar bien y rendir cuentas después.

El récord puede ser virtud o coartada

El Gobierno tiene una tentación evidente: presentar los 226.032 millones como escudo político ante cualquier crítica. Si alguien pregunta por eficacia, se le responde con vivienda. Si alguien pregunta por deuda, se le responde con becas. Si alguien pregunta por prioridades, se le responde con dependencia. Es una técnica conocida: envolver una decisión presupuestaria en causas nobles para dificultar el debate.

Pero las causas nobles también se pueden gestionar mal. Por eso el techo de gasto debe leerse como el principio de una auditoría pública, no como el final de una discusión. No sabemos todavía la arquitectura completa de los Presupuestos de 2027 ni el destino definitivo de cada partida. Lo que sí sabemos es que el Ejecutivo quiere elevar el margen de gasto y presentarlo como protección social.

Desde una mirada liberal-conservadora, la exigencia mínima es clara: prioridades, evaluación y límites. Si el Gobierno quiere gastar más, que explique mejor. Si quiere presumir de récord, que acepte controles récord. Porque el dinero público no es del Consejo de Ministros ni de los partidos que negocian en un despacho. Es de los contribuyentes, incluidos los que no salen en la foto cuando se anuncia el gran titular.