En Cataluña la policía no se ha caído esta mañana. Se ha movido el tablero. Josep Lluís Trapero dimite como director general de la Policía de la Generalitat tras dos años en el cargo y el Govern de Salvador Illa encaja el golpe con un relevo de cúpula que ya estaba sobre la mesa: Ferran López toma el mando político del cuerpo y Sílvia Catà se convierte en la primera mujer al frente operativo de los Mossos.

La noticia suena a terremoto si uno solo mira el apellido. Trapero no era un técnico discreto: fue promesa de campaña de Illa, mayor de los Mossos, absuelto por la Audiencia Nacional tras el 1-O y devuelto a la primera línea para “descontaminar” el cuerpo de la pelea del procés. Que dimita el mismo día en que Interior reordena la prefectura duele a quien vendió estabilidad. Pero el detalle importa más que el titular: no hay vacío de mando anunciado ni disolución simbólica. Hay sucesión con nombres y con historial.

López no llega de un despacho improvisado. El comisario, con más de tres décadas en el cuerpo y puente reciente de los Mossos en Madrid, ya sustituyó a Trapero cuando el 155 intervino la Generalitat. Catà, hasta ahora al frente de la Región Policial de Girona, releva a Miquel Esquius, de salida por jubilación. Interior lo presenta como continuidad operativa; la oposición, como síntoma. Las dos lecturas pueden convivir sin falsear el hecho: el organigrama se renueva mientras se discute si Parlon controla de verdad su casa.

Las desavenencias con la consellera Núria Parlon son el relato dominante de las fuentes cercanas a Trapero. No hace falta inventar un thriller. Basta con lo ya público: el Parlament pidió su cese en mayo con votos de Junts, ERC, Comuns y CUP tras la infiltración de agentes en una asamblea de profesores; hubo polémica por la idea de meter mossos de paisano en centros escolares; y hace una semana también salió el secretario general de Interior, Tomàs Carrión. Cuando se acumulan fricciones, una dimisión deja de ser un capricho personal y se convierte en factura política.

Junts ha salido al paso con el eslogan fácil: Illa “pierde el control” de la seguridad. Es un golpe electoralmente rentable porque Trapero era el fichaje estrella. Pero convertir una remodelación de cúpula en “nadie al volante” es interesarse más por el cartel que por la carretera. Los Mossos no se dirigen solo con un mayor mediático; se dirigen con jefatura, regiones, instrucción y —sí— control democrático cuando la policía se cuela donde no debe.

Ahí entra el otro flanco. Los Comuns celebran la marcha de Trapero y piden que el cambio sirva para garantizar el derecho de protesta y mejorar la percepción de seguridad. No es un brindis naíf: parte de la izquierda llevaba meses señalando que la receta dura contra hurtos y la vigilancia sobre docentes no pueden pasar por caja negra. El propio cuerpo ha tenido que admitir ante un juez que no guarda “documentación” sobre quién ordenó espiar una asamblea de profesores. Si eso no te preocupa, no estás defendiendo la policía: estás pidiendo fe.

La etapa de Trapero como responsable político no fue solo ruido. Medios y el propio entorno de Interior destacan el foco en multirreincidencia, videovigilancia y armas blancas, y la voluntad de recuperar confianza con la judicatura tras el procés. Eso cuenta. También cuenta que una policía democrática no se mide solo por el volumen de redadas, sino por la trazabilidad de sus órdenes. Se puede querer calles más seguras y, a la vez, rechazar que la escuela o la asamblea sindical se conviertan en escenario de infiltración sin papeles.

Catà como primera comisaria jefa no es un adorno de igualdad para la foto. Es un hecho institucional en un cuerpo históricamente masculino en la cima. Si el Govern lo usa solo como narrativa de modernidad mientras mantiene los mismos atajos de control social, el nombramiento se queda en marketing. Si sirve para cerrar la etapa de opacidad en operaciones sensibles y para fijar mandos con rendición de cuentas, entonces sí hay cambio de fase.

Illa prometió a Trapero y ahora gestiona su salida. Eso no demuestra por sí solo el “fracaso total” que vende Junts ni el “gobierno de cartón” que cantan los peores eslóganes. Demuestra algo más prosaico y más útil para el lector: en seguridad, el personalismo se gasta. Lo que queda es si Parlon y la nueva cúpula publican criterios claros sobre infiltraciones, escuelas y protesta, o si la próxima crisis volverá a explicarse con filtraciones y caras conocidas.

Trapero se va. López y Catà entran. La pregunta decente no es si el mayor “voló demasiado alto”, sino si Cataluña sale de esta mañana con una policía más controlable por la política de despacho o más controlable por la ley y por la ciudadanía. Ahí se juega de verdad el control, no en el tuit de la oposición.