Hay una vieja regla de la vida política que rara vez falla: cuando alguien se empeña en aclarar que no está haciendo algo, suele ser justo lo que está haciendo. Esta semana, Hacienda ha decidido salir a explicar, con el tono de quien no ha roto un plato, que los próximos Presupuestos Generales del Estado no son para salvar al Gobierno. Lo cuenta El Mundo, lo recoge ABC, y la frase tiene la cadencia perfecta de la excusa no pedida.

Porque nadie había preguntado. Nadie, hasta que el propio Ejecutivo sintió la necesidad de subrayarlo, había exigido que las cuentas públicas vinieran con certificado de buena conducta. Y ahí está la primera grieta: si tienes que jurar que el presupuesto no es un flotador, es porque alguien —probablemente tú— sabe perfectamente que lo parece.

El Tourmalet y el arte de quitarse presión

La metáfora ciclista la ha puesto sobre la mesa la propia crónica: el Tourmalet presupuestario, esa etapa de montaña que decide la carrera. Y lo interesante no es la cuesta, sino el gesto. Hacienda, dicen, se quita presión. Rebaja expectativas. Administra el relato antes incluso de pedalear.

Quitarse presión es, traducido, prepararse para el fracaso sin pagar el coste político del fracaso. Si salen las cuentas, victoria histórica. Si no salen, total, ya avisamos de que no era para tanto, de que esto no iba de nosotros sino de la sociedad. Una jugada redonda en la que el Gobierno gana gobierne lo que gobierne, que es exactamente la definición de no gobernar nada.

Lo que necesita la sociedad, dicen

El argumento estrella es elegante: los presupuestos no son los que necesita el Gobierno, son los que necesita la sociedad. Suena bien. Suena, de hecho, a frase de gabinete pulida hasta que reluce. El problema es que esa misma sociedad lleva años financiando una maquinaria estatal que crece sola, que se justifica sola y que, milagrosamente, nunca encuentra una sola partida de la que prescindir.

Porque eso es lo que casi nunca se dice en estas operaciones de marketing contable: un presupuesto no es una carta a los Reyes Magos, es una decisión sobre cuánto de tu dinero gestionan otros por ti. Y cuando el Estado se presenta como el benefactor que viene a rescatar a la sociedad con el dinero de la propia sociedad, conviene recordar quién paga la ronda. La paga usted. Siempre usted.

La hipertrofia no es un detalle estético. Un aparato público que solo conoce la dirección de crecer necesita, cada año, una inyección nueva. Y para esa inyección hace falta aprobar las cuentas. De modo que el presupuesto deja de ser una herramienta de gestión y se convierte en el combustible que mantiene la máquina en marcha. Llamarlo «lo que necesita la sociedad» es generoso. Llamarlo «lo que necesita el sistema para seguir siendo igual de grande» sería más honesto.

Septiembre, la cuenta atrás

No es casualidad que el otoño se haya convertido en el horizonte de todas las miradas. Infobae lo plantea sin rodeos: septiembre y los Presupuestos son la prueba de continuidad de la legislatura. Es decir, no estamos hablando de números, estamos hablando de supervivencia. La frase que el Gobierno se esfuerza en negar la sostiene, sin querer, el propio calendario.

Y aquí entra el factor que lo explica casi todo: los socios. Un Ejecutivo que depende de una aritmética parlamentaria frágil no aprueba presupuestos, los negocia voto a voto. El Congreso ha vivido en las últimas semanas votaciones que han tensado la relación entre el Gobierno y quienes lo sostienen, y cada una de esas tensiones es una pista. Cuando cada apoyo hay que ganárselo de nuevo, las cuentas públicas se convierten en moneda de cambio. No en un crimen —no hablamos de delitos ni hace falta—, sino en algo más prosaico y más revelador: en el precio de seguir respirando.

El flotador con membrete oficial

Que quede claro: un gobierno tiene todo el derecho a presentar presupuestos y a defenderlos. Faltaría más. Lo que chirría no es el qué, sino el cómo y el para qué. Cuando un Ejecutivo necesita repetir tres veces que las cuentas no son su salvavidas, lo que está confesando es que las trata exactamente como un salvavidas.

La sociedad no necesita que la rescaten con su propio dinero ni que le vendan como necesidad social lo que es, sobre todo, una operación de supervivencia política. Necesita un Estado que se mire al espejo y, por una vez, se pregunte no cuánto más puede gastar, sino cuánto menos podría. Pero esa pregunta no aparece en ningún Tourmalet. Esa cuesta el Gobierno prefiere no subirla.