Al menos sesenta y ocho muertos —algunas informaciones del 29-O elevan el balance provisional a 69—. Otra vez un tren de alta velocidad. Otra vez Toledo. Otra vez la línea Madrid-Sevilla. Si Adamuz, en enero de 2026, dejó cuarenta y seis cadáveres y la promesa de que no volvería a pasar, Urda llega nueve meses después para demostrar que las promesas del AVE español valen lo mismo que una señal en rojo ignorada.

Qué pasó en Urda a las 8:30 de la mañana

El LZB falló. O se desconectó. El sistema de control que todavía opera en ese corredor —mientras otras líneas llevan años con ERTMS— dejó de funcionar. Hasta ahí, un problema técnico. A partir de ahí, una decisión que el propio Gobierno ha calificado de «inexplicable».

El control de Adif en Atocha autorizó al AVE a reanudar la marcha. Con el Iryo parado delante. Con señal roja en Urda. El tren recorrió casi veinticinco kilómetros antes de encontrarse con lo que no debería haber estado ahí, o debería haberle detenido mucho antes. Veinticinco kilómetros es mucho tiempo para que algo detenga un tren de alta velocidad. No se detuvo.

El corredor de las catástrofes

Dos accidentes graves en menos de un año. Mismo corredor. La línea Madrid-Sevilla lleva décadas siendo el escaparate del AVE español, la joya de la corona de la infraestructura nacional. Dos catástrofes en el mismo corredor en menos de un año bastan para tumbar cualquier relato de normalidad.

Pedro Sánchez lo dijo con más claridad de la habitual: esto no es asumible. Diferenció entre el origen probable de Urda —un fallo informático, una decisión humana en Atocha, una secuencia de errores— y lo de Adamuz, que tuvo su propia casuística. Pero la pregunta que nadie puede esquivar es la misma: ¿cómo sigue operando en 2026 un corredor de alta velocidad con un sistema de control que ya se estaba sustituyendo en el resto de la red?

El ERTMS, el sistema europeo que ha sustituido al LZB en buena parte de la red, aún no estaba desplegado en ese corredor como en otras líneas. Mientras tanto, el LZB siguió ahí. Y el 28 de octubre falló o se desconectó, según el relato oficial.

Puente: «No es el día»

El ministro Óscar Puente no dimite hoy. Lo dijo él mismo: no es el día, piensa en esclarecer lo ocurrido. Moncloa salió pronto a decir que su gestión «no está en cuestión». Son las primeras horas, y en las primeras horas los gobiernos siempre dicen eso.

La cuestión no es si Puente apretó el botón que causó el accidente. No lo hizo. La cuestión es si el ministerio que dirige tomó las decisiones necesarias para que en 2026 el corredor Madrid-Sevilla tuviera un sistema de control a la altura de lo que se le vende al pasajero. Un tren de alta velocidad, en un tramo donde se puede circular a unos 200 km/h, no debería depender de una autorización manual en circunstancias que el propio ministro llama inexplicables.

El CSIF lo dijo con claridad: ese operador no puede ser el chivo expiatorio. La presunción de inocencia existe también para los trabajadores de Adif. La cadena de responsabilidad no empieza ni termina en la persona que cogió el teléfono en Atocha.

La izquierda pide lo que el Gobierno no quiere oír

El Frente Amplio fue más directo que el propio partido del Gobierno: responsabilidades políticas a todos los niveles y auditoría independiente. No una investigación interna. La diferencia no es semántica.

Una investigación interna en Adif o en el Ministerio de Transportes tiene el problema de que la hace Adif o el Ministerio de Transportes. Una auditoría independiente tiene una oportunidad real de contar qué pasó sin filtros institucionales. Si el Gobierno quiere demostrar que va en serio con la contundencia que anunció Sánchez, ese es el primer paso. Sin él, todo lo demás son declaraciones de duelo.

Feijóo endurece el tono; Vox no para la campaña

Alberto Feijóo llegó a Urda el 29 de octubre. El día anterior había sido contenido: investigación, auditoría si gobierna, esperar. El día después ya tenía titulares: criticó que se señalara al operador de Atocha como responsable, lo llamó «frivolidad impropia» y dejó claro que las responsabilidades políticas no son opcionales.

No es una posición sorprendente viniendo de la oposición. Es lo que hace la oposición. El problema es que tiene razón en lo sustancial: cargar el muerto sobre el empleado de turno es exactamente lo que no puede pasar, y el Gobierno tiene que demostrarlo con hechos, no con declaraciones de las primeras horas.

Vox, mientras tanto, decidió que sesenta y ocho muertos no son razón suficiente para parar la precampaña. El resto de los partidos sí la suspendió. El luto oficial son tres días. Hay cosas que se miden solas.

Lo que viene ahora

Las investigaciones judiciales y técnicas están abiertas. Las cifras de víctimas pueden variar. Los heridos son decenas. La circulación en la línea de alta velocidad quedó interrumpida tras el choque.

Lo que no puede ocurrir es que dentro de seis meses esto se haya convertido en un expediente administrativo archivado y un cambio de jefatura intermedia en Adif. Lo que no puede ocurrir es que la siguiente vez —y no debería haber siguiente vez— el ministro de turno vuelva a salir a decir que su gestión «no está en cuestión».

Dos catástrofes en el mismo corredor en menos de un año no se despachan con mala suerte. Hay investigaciones abiertas y cifras aún provisionales. Lo que sí es político es decidir si basta con señalar a un operario o se audita de verdad la red, la cadena de mando y el retraso en modernizar el control. Urda es la segunda señal. No debería hacer falta una tercera.