El mercado de la vivienda empieza a enseñar una grieta que no se arregla con otra rueda de prensa sobre “oferta”, “seguridad jurídica” o “colaboración público-privada”. En mayo se inscribieron 56.462 compraventas de viviendas, un 7,3% menos que en el mismo mes de 2025, según los datos provisionales del INE. Es la quinta caída consecutiva del año y, para quien está intentando comprar, el mensaje es bastante menos técnico de lo que parece: la demanda no ha desaparecido, pero los precios han estirado demasiado la cuerda.

El dato tiene una trampa política evidente. Una caída de operaciones no significa automáticamente que la vivienda sea más barata. Puede significar justo lo contrario: que mucha gente se queda fuera porque no llega a la entrada, al crédito o al precio de salida. Por eso conviene leer el número sin confundir enfriamiento del mercado con alivio para los hogares. Si se venden menos casas porque cada vez menos familias pueden comprarlas, no estamos ante una victoria social; estamos ante un atasco.

Menos compras, pero todavía mucho mercado

El INE detalla que el 78,9% de las compraventas fueron de vivienda usada y el 21,1% de obra nueva. Ambas bajan: la usada cae un 7,6% interanual y la nueva un 6,0%. También retroceden las viviendas libres, con un 7,2% menos, y las protegidas, con un 8,3% menos. Dicho de otra forma: no es una esquina concreta del mercado la que se mueve, sino una señal bastante transversal.

Ahora bien, tampoco conviene vender apocalipsis. El País subraya que las 56.462 operaciones de mayo siguen entre los registros altos de la serie reciente. Hay enfriamiento, sí, pero no hundimiento. Eso hace que la discusión política sea más incómoda: el mercado sigue vivo, pero una parte creciente de la población mira desde fuera. Los propietarios no han perdido el tablero; los compradores con salario medio son los que van perdiendo la paciencia.

La factura territorial

La caída tampoco se reparte igual. Según el INE, solo Extremadura, con un 2,6% más, y Andalucía, con un 2,2% más, aumentaron las compraventas de vivienda. En el otro extremo aparecen Cantabria (-28,6%), Murcia (-19,1%) y Baleares (-16,8%). Idealista añade una lectura empresarial bastante directa: los precios altos expulsan a compradores que no pueden afrontar entradas que en algunas capitales ya superan los 100.000 euros.

Aquí la política de vivienda tiene que elegir entre dos tentaciones. La primera es fingir que todo se arregla señalando a un culpable único: fondos, caseros, okupas, burocracia, turismo o impuestos, según el mitin que toque. La segunda es acumular anuncios sin tocar el cuello de botella real: si no entra vivienda asequible en cantidad suficiente y si los salarios no acompañan, la compraventa seguirá siendo una carrera con demasiada gente en la cuneta.

Qué cambia para quien busca casa

La noticia no es que el ladrillo se hunda. La noticia es que el mercado empieza a notar el límite social de sus propios precios. Si el comprador se planta, negocia más y tarda más en decidir, puede abrirse una fase de estabilización en algunas zonas. Pero eso no equivale a una bajada general garantizada ni a una solución para jóvenes, familias con ingresos medios o inquilinos que quieren salir del alquiler.

Para el Gobierno, las comunidades y los ayuntamientos, el dato debería funcionar como aviso: la vivienda no necesita otro eslogan, necesita suelo, licencias más rápidas, parque público real y reglas que no conviertan cada solución en una guerra cultural. Para la derecha, el riesgo es reducirlo todo a “dejen construir” sin explicar para quién. Para la izquierda, el riesgo es prometer control sin producir casas. Y en medio, como siempre, está quien solo quiere una llave que no le coma media vida.