Existe una manera muy castiza de gestionar la crisis de la vivienda: fiarlo todo al mercado, cruzar los dedos y, cuando el mercado se comporta como lo que es —una tragaperras con lucecitas—, poner cara de circunstancias y prometer un plan. Esta semana, sin embargo, ha aparecido un aguafiestas con corbata y prestigio para recordarnos lo evidente: el Banco de España.

Según publicó El Mundo el 18 de junio, el supervisor enmienda la política de vivienda del Gobierno y sostiene que el problema no se ataja con medidas sobre la demanda. Traducido del lenguaje de informe técnico al de la calle: por mucho que se engrasen ayudas, avales y bonificaciones para que la gente pueda pagar, si no hay casas suficientes lo único que se consigue es echar más gasolina a los precios. Que esto lo diga el Banco de España, institución a la que nadie ha confundido jamás con un comité de okupas, tiene su gracia.

El mercado no es un duende que regala pisos baratos

Durante años se nos ha vendido una fe casi religiosa: deja hacer al mercado y, por arte de oferta y demanda, llegará la vivienda asequible. El detalle incómodo es que el mercado no es una ONG. Si puede subir precios, los sube; si detecta demanda desesperada y oferta escasa, se frota las manos. Estimular la demanda sin ampliar la oferta es como repartir entradas gratis para un estadio con la mitad de asientos: el lleno está garantizado y el pelotazo, también.

Y ahí está el quid de la enmienda del supervisor: las políticas centradas en que la gente pueda pagar más son, en el mejor de los casos, un parche; en el peor, combustible. No es ideología de tertulia, es aritmética. Cuando solo se toca la demanda, el ladrillo sigue funcionando en modo tragaperras y la banca siempre gana.

El agujero que nadie quiere mirar de frente

Por si quedaba alguna duda sobre dónde está la avería, el propio Banco de España puso el dedo en la llaga del parque público. Como recogió MARCA el 19 de junio, el supervisor señaló que la vivienda pública en España es «dramáticamente diferente» a la del resto de Europa. «Dramáticamente diferente» es una forma elegante y muy de informe de decir que aquí el colchón de vivienda pública es de juguete comparado con el de nuestros vecinos.

No es casualidad ni mala suerte. Es el resultado acumulado de décadas de mirar hacia otro lado, de tratar la vivienda protegida como un gasto molesto en lugar de como una infraestructura básica, tan esencial como una carretera o un hospital. Mientras buena parte de Europa construía y conservaba parque público para amortiguar los vaivenes del mercado, aquí se optó por confiar en que el milagro llegaría solo. No llegó. Llegó la tragaperras.

La ministra acierta el diagnóstico; ahora falta la receta

Lo curioso es que en el Gobierno no parecen del todo ajenos al problema. El 15 de junio, EL PAÍS recogía unas declaraciones de la ministra Isabel Rodríguez que firmaría cualquier economista sensato: «Si no garantizamos el derecho a la vivienda estaremos estrangulando la economía». Frase redonda, diagnóstico impecable. Una familia que destina media nómina a pagar un techo no consume, no ahorra, no emprende y, a menudo, ni se plantea echar raíces. La vivienda cara no es solo un drama social: es un freno de mano para el país entero.

El problema es que el diagnóstico, por brillante que sea, no construye ni un solo piso. Entre el discurso y las llaves hay un trecho que se mide en presupuesto, suelo y voluntad política sostenida durante años, no en titulares. Y es ahí donde la izquierda tiene poco margen para la autocomplacencia: si se comparte la enmienda del Banco de España —que el problema es de oferta y, sobre todo, de oferta pública—, lo coherente es ponerse a levantar parque público a un ritmo que se note, no anunciarlo en rueda de prensa y dejarlo en barbecho.

La ingenuidad sale carísima

Al final, la foto sería casi cómica si no fuera por el drama de fondo: el supervisor económico más ortodoxo del país, la ministra del ramo y el sentido común coinciden en lo esencial. Dejar el ladrillo en manos exclusivas del mercado y luego sorprenderse de que viva en modo tragaperras no es mala suerte: es una forma carísima de hacerse el ingenuo. Y la factura, como de costumbre, la pagan los de siempre: quienes buscan un techo y se encuentran con una máquina de premios… para otros.

Fuentes y contexto