Hay actos de protocolo y hay actos de manifiesto. Lo de ayer en la Real Casa de Correos de Madrid fue, con toda la solemnidad de los fotógrafos y los discursos, las dos cosas a la vez. Isabel Díaz Ayuso le entregó la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid a José Antonio Kast, presidente de Chile desde diciembre de 2025. Una medalla de oro con mucho simbolismo y muy poca casualidad.

El club de los elegidos de Ayuso

Kast no llega solo a ese palmarés. Antes que él, Javier Milei y Daniel Noboa recibieron el mismo reconocimiento de manos de Ayuso. Tres presidentes, tres países distintos, una misma familia política: la ultraderecha que se ha puesto de moda en América Latina con discursos de orden, privatizaciones y mano dura. Madrid les tiende la alfombra roja. Madrid les da la medalla. Madrid les dice: sois los nuestros.

Ayuso fue clara en su discurso. «Sin seguridad no hay libertad y sin libertad no hay prosperidad duradera», dijo. También habló de narcotráfico, de crimen organizado, de iniciativa privada y de reformas «no siempre populares pero tampoco populistas». El lenguaje de siempre: libertad para los mercados, mano dura para el resto.

Lo curioso es que, mientras pronunciaba ese elogio a la libertad, el condecorado llegaba con una sombra bastante larga pegada a los talones.

El fantasma que nadie nombra

José Antonio Kast no es simplemente un conservador duro. Su relación con la memoria de Augusto Pinochet ha sido documentada durante años. En la campaña presidencial de 2017 se le atribuyó decir que, si Pinochet viviera, habría votado por él. Kast nunca desmintió la cita de forma convincente. Tampoco le costó votos en su entorno.

Pinochet. El hombre que gobernó Chile durante diecisiete años con tortura sistemática, desapariciones forzadas y miles de muertos. El régimen que el propio Estado chileno reconoció como dictadura y crimen de Estado. Ese es el referente ideológico del señor al que ayer Ayuso le colgó una medalla con los escudos de Madrid.

Nadie lo nombró en el acto, claro. Pero el fantasma estaba en la sala.

Un presidente con los sondeos por los suelos

Hay otro dato que brilla por su ausencia en los comunicados oficiales de la Comunidad de Madrid: Kast llega a España en uno de los peores momentos de su presidencia. Según las crónicas de la prensa chilena e internacional, su popularidad ha pasado de rondar el 58% a desplomarse hasta aproximadamente el 29% en agosto de 2026. Menos de un año en el cargo y ya ha perdido más de la mitad de su apoyo.

El camino ha sido tortuoso: decenas de ceses y dimisiones en su gobierno, una apuesta agresiva por las privatizaciones que ha despertado protestas, y una agenda migratoria de mano dura que ha generado polémica dentro y fuera de Chile. El modelo que Ayuso presenta como ejemplo para España es, en su propio país, un proyecto que se desinfla.

Pero eso no importa cuando se trata de construir relato.

Los números que sí salen bien

Ayuso apoyó el acto con datos económicos. Madrid recibe alrededor del 60% de la inversión chilena en España. Y casi el 90% de la inversión española en Chile sale de la Comunidad de Madrid. Son cifras reales, relaciones económicas sólidas que no dependen de quién gobierne en Santiago.

Pero si las relaciones comerciales fueran el único motivo, no haría falta la medalla. No haría falta el discurso sobre la libertad. No haría falta invitar precisamente a Kast, y antes a Milei, y antes a Noboa. Hay embajadores para los trámites. Las medallas son para los mensajes.

El calendario no miente

Estamos a tres semanas del 29 de noviembre. Las elecciones generales en España se celebran el 29-N de 2026, y Ayuso es el faro más visible del PP en Madrid, la región que más votos aporta a la derecha española. Cada acto suyo en estas semanas es, también, campaña.

¿Qué mensaje manda la medalla a Kast? Que hay una internacional de la derecha dura que se reconoce, que se premia, que se legitima mutuamente. Que Madrid es su capital simbólica en Europa. Que el proyecto de Vox y la derecha más radicalizada del PP tiene aliados presidenciales en América Latina dispuestos a venir a posar en fotos.

Para el electorado más a la derecha del PP, ese mensaje cala. Para el resto, el momento tiene un sabor agrio: la presidenta madrileña abrazando a un político cuya relación con la memoria de la dictadura chilena es, como mínimo, incómoda.

La libertad que no cabe en el discurso

«Sin libertad no hay prosperidad duradera», dijo Ayuso. Bonita frase. Pero hay una libertad que no apareció en su discurso: la de los miles de chilenos que desaparecieron, que fueron torturados, que murieron bajo el régimen que Kast nunca terminó de repudiar del todo.

Esa libertad no cotiza en los foros de la derecha económica. No genera inversión. No da votos en Majadahonda. Y, al parecer, tampoco da medallas en la Real Casa de Correos.

Ayuso tiene todo el derecho a condecorar a quien quiera. Y nosotros tenemos todo el derecho a preguntar por qué.