En Bilbao no bastó con condenar “la violencia” en abstracto. La pelea de este martes en el Ayuntamiento fue más concreta y más incómoda: si se puede firmar una declaración institucional que nombre, sin anestesia, los gritos de «Gora ETA militarra» escuchados el lunes entre contenedores ardiendo.

PNV, PSE-EE, PP y Elkarrekin sí lo hicieron. EH Bildu no. El alcalde, Juan Mari Aburto, reunió a la Junta de Portavoces tras una noche de algaradas en Deusto y el centro: hogueras en la avenida Lehendakari Agirre, daños a mobiliario urbano, comercios y vehículos. Según el recuento recogido por ABC, hubo 19 detenidos —entre ellos siete menores— y se investiga a otras tres personas. La concentración previa iba contra la presencia anunciada del agitador Vito Quiles, que finalmente no viajó a la villa.

El texto de los cuatro partidos no se limita al vandalismo. Constata que parte de los encapuchados recuperó una consigna que durante años identificó a la izquierda abertzale ilegalizada y que, dicen, «nos retrotrae a los tiempos del terror». El Mundo sitúa esos gritos en el trayecto hacia la comisaría de la Ertzaintza en Deusto, con material inflamable y media docena de grandes hogueras. No es un matiz de salón: el enaltecimiento del terrorismo es delito en el Código Penal español, y la política vasca lleva décadas midiendo cada silencio.

Bildu emitió su propio comunicado. Rechaza «comportamientos violentos y antisociales», expresa solidaridad con afectados y sostiene que la respuesta al fascismo debe ser «exclusivamente» pacífica y democrática, porque la violencia «favorece al bloque reaccionario». Hasta ahí, hay solapamiento retórico con el resto. El corte llega en el punto tres: no firman la mención expresa a los gritos de apoyo a ETA. Aburto lo dejó en una frase seca: «Cada uno tiene que ser dueño de sus palabras y de sus silencios». El documento institucional se degradó a declaración de partidos.

Desde la derecha liberal-conservadora la lectura no es de hemeroteca nostálgica. Es de credenciales democráticas a un mes del 29-N. Si EH Bildu aspira a normalidad institucional plena —y a condicionar mayorías en Madrid—, el listón no es solo “nosotros no pegamos”. Es si se puede mirar de frente una consigna que remite a la organización terrorista y firmar con el resto de la ciudad. El Gobierno Vasco condenó los hechos y advirtió de que la Ertzaintza actuará «con firmeza». Eso importa. Pero la foto política la marca la silla vacía en la firma.

Conviene no mezclar cajones. No está probado en esta pieza que la dirección de Bildu organizara los sabotajes; la coalición los rechaza por escrito. Tampoco se puede fingir que un “rechazo genérico a la violencia” equivale a suscribir la condena del enaltecimiento cuando el resto del arco municipal lo pone por escrito. La ciudadanía bilbaína no discute un semántica de mitin: discute contenedores, cristales y un grito que creía enterrado.

En precampaña, este tipo de episodios no se quedan en Euskadi. Sirven para medir qué partidos aceptan el mismo suelo democrático cuando arde la calle. Bilbao ha dejado una pregunta pública encima de la mesa: ¿se condena ETA solo cuando conviene, o también cuando el ruido viene del propio ecosistema? El silencio selectivo también es una respuesta.