No fue un «malentendido» de carta náutica. Según la reconstrucción que publica este lunes El País, los buques de la Marina Real de Marruecos que irrumpieron en aguas de Ceuta a finales de julio —en paralelo al cruce masivo por el Tarajal— apagaron el AIS, el sistema que identifica posición, rumbo y velocidad, e ignoraron el canal 16, la frecuencia de radio de emergencia y seguridad a la que hay que estar a la escucha. Cuando no hay respuesta por radio, solo queda acercarse y hacer señales. Y acercarse con un patrullero de 20 metros a una fragata no es un ejercicio de confianza mutua: es el preludio de un accidente de Estado.

Del radar a casi la colisión

El AIS no es obligatorio en buques de guerra, pero apagarlo en el Estrecho —zona de tráfico intenso— no es un detalle técnico inocente: complica la vigilancia y eleva el riesgo de choque. Las fuentes consultadas por el diario sostienen que las incursiones no fueron un tránsito puntual ni una persecución en caliente, sino entradas deliberadas, reiteradas y persistentes durante varios días en las 12 millas de soberanía española que Rabat no reconoce… y que, hasta entonces, solía respetar en la práctica.

El momento más delicado llegó con el patrullero Isla Pinto (base en Melilla, unos 40 toneladas y 10 tripulantes), enviado a reforzar Ceuta. Al no obtener respuesta por radio, tuvo que aproximarse con señales visuales. En una de esas maniobras estuvo a punto de colisionar con una embarcación marroquí. No hace falta dramatizar de más: a esa escala y velocidad, un roce no es un roce de aparcamiento.

España reforzó el dispositivo con el BAM Rayo y las fragatas Santa María y, por avería, Navarra. Las dos fragatas atracaron en Ceuta el 5 de agosto para el relevo. Y aquí llega el otro dato político: desde el Gobierno se dio la instrucción de que permanecieran el menor tiempo posible en puerto para no dar a Marruecos la lectura de una escalada militar. Es decir: mientras Rabat apagaba localizadores y silenciaba el canal de seguridad, Madrid calibraba no «parecer» demasiado firme.

Quién entró y qué se dijo en diplomacia

En el relato de El País figuran varios buques marroquíes, entre ellos una fragata. La Hassan II zarpó el 31 de julio de Ksar Sghir y fue fotografiada frente al Tarajal, pero las fuentes citadas apuntan a la Tarik Ben Ziyad (clase Sigma, más de 2.000 toneladas) como la que realizó sucesivas entradas y salidas en aguas ceutíes. También entraron pesqueros cuyos tripulantes, según sorprendió a militares españoles, decían haber recibido de sus autoridades el mensaje de que podían faenar allí.

La peligrosidad del escenario obligó a intervenir al ministro José Manuel Albares, que trasladó protesta y preocupación a su homólogo Naser Burita. La respuesta diplomática marroquí, según esas fuentes: alegar ignorancia y recomendar el canal militar. A finales de la primera semana de agosto, tras conversaciones entre mandos de alto nivel, cesaron las intrusiones.

El balance práctico es sobrio y duro a la vez: hubo protesta, hubo contacto militar, y la crisis naval se desactivó. También hubo un patrón de conducta —AIS apagado, silencio en canal 16, persistencia en aguas españolas— que no se puede archivar como anécdota de verano cuando Ceuta sigue en el centro del debate migratorio y de soberanía.

Soberanía no es un eslogan de campaña

En precampaña todo se convierte en eslogan. Este episodio no debería. Si un vecino apaga el localizador, no contesta la radio de emergencia y obliga a un patrullero español a rozar el choque para que se retire, el problema no es de «relato» ni de fotos de frontera: es de capacidad de disuasión y de claridad estratégica.

Se puede debatir la dosis de despliegue naval sin caer en fanfarria belicista. Lo que no cuela es vender normalidad cuando la propia información periodística describe incursiones reiteradas y una cuasi colisión. Ni tampoco confundir prudencia diplomática con dejación: la prudencia es un método; la dejación es cuando el otro testea el límite y descubre que el coste es bajo.

Ceuta no es un laboratorio de opinión. Es territorio español con gente que vive el día a día entre presión migratoria, tensión vecinal y la sensación —justa o no— de que Madrid llega tarde. Los buques de julio son un recordatorio en frío: la frontera también se juega a 12 millas, con el AIS en negro y el canal 16 en silencio. Quien aspire a gobernar debería explicar, sin teatralidad, cómo evita que el próximo «casi choque» sea el que ya no se cuenta en pasado.