Más de 3,2 millones de jóvenes de entre 18 y 24 años están convocados a las urnas el 29 de noviembre. Para casi 1,6 millones de ellos será la primera vez que voten en unas generales: llegaron a la mayoría de edad después del 23-J de 2023 y el 29-N es su bautismo electoral. Eso representa el 4,1% del censo total, que roza los 38,7 millones de personas. No es un detalle menor.
Y sin embargo, la pregunta que más se repite cuando se habla del voto joven es la equivocada. No es «¿cuánto va a crecer Vox?». Es: «¿van a ir a votar?».
Lo que dice el CIS, sin trampa ni cartón
El barómetro del CIS de principios de octubre —intención directa de voto, no estimación de escaños, que son cosas radicalmente distintas— ofrece datos de sobra para que cada cual cuente el cuento que le conviene. Así que contemos el entero.
Entre menores de 25 años: PSOE, 19%. Segundo, Vox, con un 15,6%. Tercero, el PP, con un 11,9%. Sumar figura con un 6,5%, en un barómetro realizado antes de la configuración formal del espacio a la izquierda del PSOE. Y un nada despreciable 14,8% no sabe todavía a quién votar.
Empecemos por lo principal: el PSOE es el partido con más apoyo entre los jóvenes. Por delante de Vox. Por delante del PP. Eso es lo que dicen los datos, y no es un titular menor, aunque muchos medios lo entierren en el párrafo cuatro porque el dato de Abascal superando a Feijóo tiene más morbo.
Vox por delante del PP: un problema para la derecha, no una mayoría ultra
Sí, Vox supera al PP en 3,7 puntos entre los 18-24. Eso dice algo sobre la crisis interna de la derecha clásica: el PP está perdiendo tracción entre quienes empiezan a votar. Es un problema para Feijóo, no una señal de que la generación Z se ha vuelto ultra de forma mayoritaria.
Conviene repetirlo porque los titulares lo difuminan: Vox no gana entre los jóvenes. Va segundo, a casi cuatro puntos del PSOE. El relato del «vuelco generacional de ultraderecha» no cuadra con los números. Hay un crecimiento de Vox en esa franja que merece análisis; pero presentarlo como una oleada que arrasa no se sostiene en estos datos.
Lo que sí hay, y en cantidad, es fragmentación e incertidumbre. Casi uno de cada siete menores de 25 no sabe todavía a quién votar. Ese mar de indecisos puede mover la aguja mucho más que cualquier tendencia ya consolidada en los sondeos.
El problema gordo: muchos no van a ir
Aquí está el dato que más debería preocupar al bloque progresista. Solo el 63,6% de los jóvenes de 18 a 24 años dice que votará con toda seguridad el 29-N. Es el porcentaje más bajo de todas las franjas de edad. Para tener una referencia: entre los mayores de 65 años, ese mismo porcentaje sube al 81,2%.
Son 17,6 puntos de diferencia. No es una brecha, es un cañón.
Y eso importa porque en la franja donde la izquierda aguanta mejor los porcentajes —los jóvenes— es precisamente donde la probabilidad de quedarse en casa es mayor. El PSOE con el 19% entre quienes dicen que van a votar es una cosa. El PSOE con el 19% entre quienes realmente se plantan ante una mesa electoral es, a efectos prácticos, algo bastante diferente. El 36% que puede no aparecer no es estadística irrelevante: es el partido que decide quién gana.
Un millón y medio de caras nuevas
Los 1.615.127 nuevos electores merecen un párrafo aparte. Son jóvenes que nunca han votado en generales: no vivieron el 23-J, no tienen la inercia del voto heredado ni el músculo del hábito electoral. Para muchos de ellos, el 29-N no será una cita política, sino una pregunta existencial: ¿merece la pena molestarse?
La distribución geográfica da pistas sobre dónde se juega la partida: Andalucía concentra 641.061 electores menores de 25; Cataluña, 536.210; Madrid, 467.121; Comunitat Valenciana, 349.358. Solo estos cuatro territorios suman casi dos tercios del voto joven total.
No se fían de nadie: ni de los suyos ni de los ajenos
Los datos de confianza son demoledores para el sistema en su conjunto. Entre los menores de 25, el 77,9% confía poco o nada en Sánchez. El 75,7% dice exactamente lo mismo de Feijóo. En positivo: Sánchez tiene el 21,7% de confianza; Feijóo se queda en el 14,5%.
Y cuando el CIS pregunta a quién preferirían como presidente, la respuesta más votada entre los jóvenes no da lugar a muchas dudas: «a ninguno», con el 23,8%. Después viene Sánchez con el 16,8%, Abascal con el 14,6%, Rufián con el 10,2% y Feijóo rondando el 10,1%.
El «ninguno» en primer lugar es quizá el resumen más honesto de la política española vista desde los 20 años. No es ideología, es desafección pura. Y la desafección no se combate con miedo al adversario.
Qué se juega la izquierda
Si la lectura del progresismo se queda atascada en «Vox le gana al PP entre los jóvenes, qué susto», lo único que conseguirá es quedar paralizado ante un dato que habla más de la debilidad de la derecha clásica que de ninguna avalancha ultra.
El reto real es otro. Hay una mayoría relativa que, sobre el papel, vota a partidos de izquierda o centro-izquierda. Hay casi un millón y medio de nuevos electores sin ningún vínculo formado con ningún partido. Y hay un porcentaje significativo de jóvenes que puede perfectamente quedarse en casa si nadie les convence de que hay algo concreto que perder o ganar el 29-N.
Conectar con esa generación —sin paternalismos, sin lecciones de civismo, hablando de lo que les importa de verdad— no es solo buena política. Es la única manera de que los números del CIS, que hoy favorecen al PSOE entre los jóvenes, se conviertan en votos reales cuando llegue la hora. La abstención joven no es un fenómeno natural ni inevitable. Es, en buena parte, el resultado de que nadie ha terminado de hacer bien el trabajo.
Este artículo ha contado con asistencia de inteligencia artificial en su elaboración.
