Ayer el BOE cumplió su liturgia: publicó las candidaturas del 29-N, los nombres, las siglas, el papeleo solemne con el que arranca toda contienda. Y durante unas horas pareció que la jornada iría de eso —de encuestas, de voto por correo, del ruido de víspera que traíamos entre manos—. A las 8:53 de la mañana dejó de ir de eso. Dos trenes de alta velocidad, un AVE de Renfe y un convoy de Iryo, chocaron cerca de Urda, entre los campos de Toledo, en la línea Madrid-Andalucía. Lo que la víspera nos parecía capital quedó, de golpe, enterrado bajo algo demasiado real.

El balance es provisional y conviene decirlo así, sin jugar a forenses: al menos 68 fallecidos —una cifra que fue subiendo durante todo el día, que el propio García-Page elevó— y más de setenta heridos. El Instituto de Medicina Legal de Toledo recibió decenas de cuerpos. No es un censo cerrado; es una herida abierta.

Qué ha marcado las últimas horas (lectura conservadora)

La circulación de alta velocidad quedó interrumpida y Adif y Renfe habilitaron cambios y anulaciones a toda prisa. Pero lo que de verdad pesa es el relato que ofrece el propio Gobierno. Según el ministro Puente, el sistema de señalización LZB falló hacia las 8:30 en un tramo amplio, los trenes se detuvieron y, pese a ello, el centro de control de Adif en Atocha habría autorizado reanudar la "marcha normal" con una luz roja y un tren parado en la misma vía. El AVE, cuentan, circulaba a unos 200 por hora. Puente califica el accidente de "inexplicable" y sitúa el origen en ese centro de control.

Hay una jueza que ya ha decretado el secreto de sumario y prohibido el acceso a la zona; la Guardia Civil interroga. Y hay algo más que esta mesa no piensa pasar por alto: sindicatos e ingenieros avisan de que no se cierre en falso con la etiqueta de "fallo humano". Tomen nota, porque ahí está el nudo.

Opinión del día

Lo primero son las víctimas. Lo segundo, la verdad. Y la verdad no puede ser la versión que más conviene al ministerio, esa que, con sospechosa rapidez, dibuja a un operario apretando el botón equivocado. Un fallo del sistema de seguridad y una decisión humana desastrosa no son lo mismo, y meterlo todo en el saco del "error humano" es la forma más vieja de que el responsable político se vaya de rositas.

Porque aquí hay una cuestión de autoridad moral. Un Estado que no garantiza lo más básico —que dos trenes no se empotren en plena vía— pierde el derecho a dar lecciones de gestión a nadie. No se puede presumir de récord ferroviario por la mañana y encogerse de hombros por la tarde señalando al eslabón más débil de la cadena.

Lectura de calle

En el bar, en el andén, en el grupo de WhatsApp, nadie distingue entre Adif, Renfe, el operador privado o el ministerio. La gente ve una sola cosa: cogí el AVE porque me dijeron que era seguro. Y vuelve una palabra que creíamos enterrada: Adamuz. Enero, la misma red de alta velocidad, 46 muertos. Dos siniestros mayúsculos en un mismo año sobre las vías de las que presumíamos. El ciudadano no hace ingeniería; hace memoria. Y la memoria, esta vez, da miedo.

Matices

Seamos serios, que es justo lo que le exigimos al Gobierno. Las causas se están investigando y no hay sentencia: no toca inventar sabotajes ni atentados, ni afirmar que tal ministro o tal presidente "mató" a nadie. Eso es basura, venga de donde venga. Distingamos el fallo de sistema de la decisión humana, tal como lo cuenta —de momento— el propio Ejecutivo, y esperemos a los técnicos independientes.

Y ya que hablamos de decencia: suspender mítines el día de 68 ataúdes es el mínimo exigible. Lo hicieron el PSOE —canceló el acto de Sánchez en Vitoria— y Feijóo, que paró su agenda entera. Vox, no: Abascal mantuvo Santander y Valladolid, habló de "degradación" de las infraestructuras, culpó al Gobierno y advirtió de que no permitirá que el luto de veinticuatro horas sirva para acallar la denuncia, "como en Adamuz". El fondo tiene una parte legítima —el duelo no puede amordazar la fiscalización—, pero la forma chirría: seguir de campaña con los cuerpos aún en el Anatómico Forense se parece demasiado a capitalizar el dolor. Y las acusaciones gruesas, sin prueba, son ruido. Esta mesa pide rigor, no bronca.

Qué debe pasar esta semana en clave conservadora

  • Una investigación judicial de verdad independiente y una comisión técnica solvente, no la versión ministerial que parece haber encontrado culpable antes de abrir el sumario.
  • Revisión inmediata de vías y sistemas de señalización —ese LZB— en toda la red de alta velocidad. Feijóo lo exige y tiene razón: el luto de 24 horas no arregla un tramo.
  • Comparecencia de Puente y de la cúpula de Adif con datos encima de la mesa, no con relato. Que expliquen quién autorizó la "marcha normal" y por qué.
  • Y una exigencia transversal: nadie, absolutamente nadie, convierte 68 féretros en eslogan de precampaña.

Feijóo visitará el jueves el puesto de mando avanzado de Urda. Bien. Pero que la visita no se quede en la foto del luto: lo que esta semana se juega es si el Estado es capaz de mirarse al espejo técnico sin maquillaje.

Diario de precampaña, día veinte. Antes de pedirle el voto a nadie, un Estado tiene que poder garantizar que sus trenes no se empotran en plena vía; hoy no ha podido, y esa es la única encuesta que importa.